Pichona

Estoy sentada. No me puedo acostar. Dice la doctora que es peor. Yo me quise sentar en la camilla, pero dice que no. Tengo una mascarilla que supuestamente me va a ayudar a respirar mejor. Pero te tenés que tranquilizar, sino no se te va a pasar, pichona. Pichona. La doctora me dice pichona. Bueno, señora, pero entiende que hace dos horas que inhalo y el aire no me entra, no puedo tranquilizarme. Pichona me dice la doctora.

Tengo 25 años y estoy sentada en una silla con mis padres mirándome sin saber muy bien qué hacer ni qué decir. Porque, vamos, señora, nadie sabe qué hacer un sábado de enero a las 3 de la mañana en la emergencia de un sanatorio de un pueblo del interior uruguayo en el que no pasa nada. Ni siquiera el tiempo. Y mis padres, por especiales que sean, no son más que dos mortales que se asustaron porque la nena, la pichona, o sea, yo, empezó a toser sin parar en el medio de la noche y lloraba diciendo que el aire no le llegaba demasiado profundo.

La mascarilla me moja los labios. Me cae agua de la nariz. Pichona, vamos a dejarte el oxígeno un rato más. Después te vamos a hacer un par nebulizaciones con un medicamento para que se te abran los bronquios.Es imposible crecer en un mundo en el que una médica te dice pichona a los 25 años. Bueno, doctora, pero me deja sacarme la máscara por un ratito así puedo sonarme la nariz tranquila, ¿por favor? Sí, claro.

Me saqué la máscara. Creo que tenía algunos mocos pegados. Perdón, pero no puedo contenerlos. Y menos cuando me dice pichona. No es que me moleste. Al contrario. Le tengo miedo a los médicos. Solo voy en caso de emergencia, como hoy. En realidad, solo voy cuando me obligan. Y cuando voy, necesito que me traten bien. Pero, una cosa es que te traten bien y otra que te digan pichona. Es ahí donde radica mi dilema.

Tengo problemas con el paso del tiempo.

Pichona, me dice la médica mientras me acaricia el pelo para sacármelo de la espalda y escucharme los pulmones. ¿Ocultar se dice, doctora?.

¿Cómo voy a crecer si me dicen pichona?

El tiempo en la noche de sábado de enero en la emergencia del sanatorio de Valndense pasa lento. Todo es blanco. Todo tiene el mismo olor nefasto a hospital, que es el olor a enfermo, a enfermedad, a agujas, a remedio. Nadie habla porque de qué se puede hablar un sábado a la madrugada en un sanatorio si no es del estado del tiempo y de que el tiempo es una locura, porque fíjate que un día hay 40 grados y al otro hay 20. Y así cómo quieren que yo no me enferme.

De nuevo con la máscara miro a mis viejos. Mamá llama a mis hermanas, que quedaron nerviosas. Les dice que yo estoy bien, que se me cerraron los bronquios por la tos, que en un rato volvemos. Papá no hace nada. La doctora dice cosas desde la computadora y la enfermera busca un vaso para hacerme tomar un antibiótico. Me transpira la cara y se me empiezan a cerrar los ojos. Me pesa la cabeza. Me duele el cuello. Pienso que capaz me estoy por morir pero no, es solo que tengo sueño, que hace días que no duermo bien, que es de madrugada, que acá solo hay silencio. Y blanco. Y olor a enfermedad.

Quisiera tener una libretita para ponerme a escribir mientras el aire helado de la máscara me entra al cuerpo. Me habían dicho que respirara por la nariz pero, no se da cuenta doña de que tengo la nariz toda tapada, cómo quiere que respire por la nariz. Quisiera tener un libro, para aprovechar el tiempo, porque ya lo dijo la doctora, es una noche preciosa. Quisiera tener los auriculares para ponerme la lista de Shakira que tengo en Spotify y al menos contar los minutos con canciones. Quisiera, ya que no tengo nada, al menos, poder cerrar los ojos y usar ese tiempo para algo más productivo que solamente intentar respirar profundo por una máscara que me larga aire helado y me moja la cara. Pero no. No pasa nada. O pasa el tiempo y nada más.

Y yo le tengo miedo al paso del tiempo. Pichona, me dice la médica. Y yo sentada conectada a una máscara mirando la emergencia blanca sin hacer nada, esperando a que el remedio se termine, viendo cómo acá adentro nada se mueve, como nada vive, como todo se reduce solamente a respirar.

Es buena la doctora. Pero mi problema no es con ella. En pichona, radica el dilema. Y yo estoy en una sala vacía y silenciosa que no me deja hacer nada, ni me deja decir nada, y solo me hace ruidos en la cabeza, que al ritmo del oxígeno y el remedio que sube me dice que algo no está bien, ni en mi cuerpo, ni en mi vida. Que me dice que ya está, que no puedo vivir pensando en que algo va a explotar pronto y vamos a volar todos por el aire y en pedazos, que me hace morderme las uñas y la lengua y los dedos y apretar los dientes, sin saber muy bien por qué, con la ansiedad de un cambio que no llega y con la inseguridad de tener 25 años en este mundo medio partido que tenemos, que nos prometió mucho y nos da poco. Que nos dijo que íbamos a ser libres y felices y felices y libres y no sabemos del todo bien qué es ser libre y mucho menos qué carajos es ser feliz. Que nos exige sin darnos muchas opciones. Que mira cómo nos reventamos sin hacer nada. Que nos dijo que creía en nosotros y en realidad no. Que no nos da un respiro y entonces, agotados y extenuados de hacer y hacer y hacer hasta perder el sentido hacer, de remar para llegar a fin de mes, de pensar alternativas para sobrevivir, de imaginar vidas, de perder sueños, de soñar nuevos, de inventar proyectos, terminamos en una emergencia buscando un poco de aire. Que nos dice que a los 25 la vida ya tiene que estar, más o menos encaminada, pero que nos encuentra con doctoras que nos dicen “tranquila, pichona”.

 

 

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