Todo todo todo (es tuyo si querés)

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La primera frustración grande de mi vida fue cuando me di cuenta de que su respuesta nunca iba a llegar. Seguí actualizando mi mail cada tanto, solo como para intentar agarrarme a algo, a un poquito de ilusión, a un poquito de esperanza. La pantalla se congelaba, y con ella el tiempo y con el tiempo yo, que creía que cuando los segundos volvieran a pasar, su respuesta iba a llegar. Y no nunca llegaba. Nunca llegó.
Pero hubo un momento aún peor y fue cuando me di cuenta de que lo que yo le escribía no eran ideas originales, milagrosas y maravillosas, oraciones y párrafos llenos de sentido propio, sino que era un parafraseo de su discurso. Me di cuenta de que todos los niños un poco ingenuos que creíamos en ella le decíamos lo mismo. Y entonces se me partió el corazón cuando supe que capaz su respuesta no llegaba porque estaba aburrida de leer siempre lo mismo, cuando supe que mis palabras habían fracasado, que el problema era yo y no ella.
Todas mis cartas a Cris Morena empezaban y terminaban con lo mismo: Querida Cris, sé que en algún momento vas a leer esta carta, lo sé porque uno de mis sueños es conocerte y vos me enseñaste que tarde o temprano los sueños se cumplen (…) Te mando un abrazo, gracias por enseñarme que nada es imposible, Sol (me gustaba firmar como Sol por Sol, la de Chiquititas, la de “tengo el el corazón con agujeritos y no me lo puedo curar”).
Son, fueron, muchas. Las tengo guardadas en una caja que seguramente esté en algún lugar de mi casa en Nueva Helvecia. Es una caja de zapatos que forré con la parte de atrás de las figuritas de Casi Ángeles, porque el número de cada una venía en un par de alitas y yo guardaba todo lo que tuviese que ve con Casi Ángeles. En esa caja están las revistas que le hacíamos comprar a papá cada vez que iba a Colonia porque no llegaban a Nueva Helvecia, están los recortes de revistas en las que ellos salían, los disquets con sus fotos que con mis hermanas guardábamos cada vez que íbamos al ciber, los pósters que íbamos intercambiando en el cuarto (en la puerta, en el ropero y en el cajón de la cortina, porque mamá no nos dejaba pegarlos en las paredes), las revistas viejas, las de Rincón de Luz y Chiquititas, los recortes de El Escolar, el CD de las Chiquis de la granja, que es el primero original que tuvimos, el CD que incluye Pinmpollo y Ángeles Cocineros, y mis cartas, las que primero le escribía a Belén sin saber qué Belén era Romina y las que después les escribí a Cris, cuando fui consciente de que Belén era también un poco ella. En la caja también está la entrada de cuando fuimos a ver Floricienta al Cilindro y las dos de Casi Ángeles, una en el Centenario, la otra en el Rex.

Esa vez del Rex, que era la primera vez que con mis hermanas íbamos a Buenos Aires, yo anduve los tres días que estuvimos allí con una carta en el bolsillo. Sabía que era posible cruzarme a algún casi ángel que me ayudara a llegar a ella, sabía que Cris me había dicho que “todo todo es tuyo si querés”, y yo quería conocerla, desde siempre había querido conocerla, desde que alguna vez que no recuerdo me senté frente a la tele de mi casa a tomar la leche y empezó a sonar el chufa cha.

A la salida del teatro, con la emoción de haberlos visto todavía en la piel y en los ojos, me acerqué a un señor de seguridad y le conté quién era, le dije que era uruguaya, que uno de mis sueños era conocer a Cris, que habíamos ahorrado mucho para poder ir, que era la primera vez que estábamos tan cerca de ella y que yo necesitaba que le diera mi carta y le contara de mi. Yo estaba segura -y aquí el por qué de mi frustración- de que si Cris me leía, se iba a conmover, iba a sentirse orgullosa de que su mensaje le hubiese llegado tan hondo a una niña uruguaya (tenía como 15 o 16 por entonces), me iba a escribir y nos íbamos a conocer (imaginé mil veces el momento en el cual, fiel a su estilo, yo me daba vuelta y ella estaba frente a mi y detrás de ella estaban Romina y todos los de Chiquititas, y yo no sabía qué decir pero la abrazaba y ella me decía que sabía que nos íbamos a conocer porque los sueños se cumplen, ¿o no Cris?),  y después ella me iba a proponer trabajar con ella escribiendo sus guiones y yo me iba a ir a vivir a Buenos Aires y le iba a gritar al mundo que sí, que “los milagros ocurren cada día si tenemos la fuerza de soñarlos”.
Pero el señor del Rex nunca le dio mi carta a Cris (eso me gustaba creer) y su respuesta nunca llegó. Y terminó Casi Ángeles y entonces yo dejé de actualizar mi mail y dejé de creerle y dejé de soñar en lo que siempre había soñado.
Deje de creerte, Cris, porque vos me dijiste que “así como el día sigue a la noche, cada final anuncia siempre un nuevo comienzo. Qué nos volvamos a ver”, y nunca nos volvimos a ver, Cris, y el final fue final y nada más. Dejé de creerte porque un día dejé de bailar Chiquititas, Rebelde, Floricienta o Casi Ángeles, porque saqué los pósters de mi cuarto, porque no escuché más “Voy por más” imaginando que yo era una de los Teen Angeeles. Dejé de creerte, Cris, porque dejé de bailar, porque dejé de inventarme mundos posibles en los que yo siempre te conocía y siempre nos abrazábamos, dejé de creerte cuando me di cuenta de que mi escritura no era mía, sino tuya, de que mis palabras eran las mismas que las de todos, de que el que había sido mi sueño también era el de muchas otras personas. Porque antes, Cris, yo creía que lo soñaba mucho más que nadie y que mis hermanas y yo merecíamos conocerte mucho más que una nena que te conoció en el programa de Susana, Cris, si esa niña ni siquiera se sabía la coreografía de Todo todo , y nosotras sí, Cris, nosotras sí lo sabíamos.
Dejé de creerte, Cris, y no es tu culpa, ni la mía. O es un poco más mi culpa que la tuya, pero yo pienso que dejé de creer en vos cuando el mundo no fue como me lo habías regalado, cuando todo se hizo difícil y yo lloré sola sin saber muy bien qué hacer, porque yo quería ser periodista pero había gente grande y mala, Cris, como Delfina o Malala, que me decía que no, que no lo hiciera, que no lo iba a lograr y entonces, Cris, no hubo una Cielo que me dijera “no te rindas estoy con vos”. Pero no fuiste vos, Cris. Fui yo, o fue el mundo o fue darme cuenta, por primera vez en la vida, de que mis cartas para vos, no eran mías. Y para alguien que escribe porque lo necesita como al aire, Cris, fracasar en su escritura es un poco perderse.
Pero no te preocupes, Cris, no estoy tan perdida. El año pasado entrevisté a Paloma, y yo también soñaba con conocerla a ella y lo logré, Cris. Hace unos días lloré hasta deshidratarme con ViveRo, mientras con mis hermanas decíamos que qué falta nos hacían tus canciones. Un poco antes entrevisté a Marianela Núñez y María Riccetto y fui feliz, porque es mi forma de seguir bailando, ¿viste que vos siempre nos decías que había que bailar para estar mejor? Y el sábado, Cris, este sábado que pasó, en el medio de una fiesta en la que empezó a sonar “A ver si pueden”, le di mi fernet con coca a una amiga para poder hacer la coreo, que todavía recuerdo de principio a fin.

Y este año, Cris, desde que empezó hasta ahora, cada noche que me quise ir a dormir, me dije que no, que si yo soñaba con escribir un libro, lo mínimo que tenía que hacer era sentarme a escribirlo, más allá del cansancio, más allá de la madrugada, “más allá de las nubes el cielo es siempre azul”.

Así que ya ves, Cris, algo de lo que fuimos sigue latiendo, con un poco más de mundo, con un poco más de vida, un poco menos ingenua y bastante más decsreída, pero algo de lo que me contaste alguna vez, todavía está vivo, Cris, y me aferro a eso desesperadamente cada vez que el mundo se cae, cada vez que algo duele, cada día que dejo de creer un poco más, me agarro de lo que alguna vez fui, y lo que yo fui, tiene un poco que ver con vos, Cris.

S. GAGO.

 

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