La isla

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Todos estábamos en un lugar que se iba a caer. Lo sabíamos. Todos los habitantes de la isla lo sabían. Las cosas se habían empezado a poner cada vez más complejas. Habían pasado cinco años desde la primera vez que un fracaso rotundo se hizo latente. Desde entonces y hasta el día en el que todo se rompió en pedazos, los ocastas, la tribu al frente de la isla, habían pensado  intentos inútiles y poco inteligentes por salvar el lugar. O por salvarse a ellos mismos. Los demás no importábamos, pero si ellos se salvaban, casi como por inercia, nos salvábamos también nosotros.

La gente que llegaba a la isla tenía, en principio, características similares: todos la habían elegido como parte de una vida paralela, como forma de ser parte de algo más grande a ellos mismos, como forma de intentar hacer algo por un mundo que se caía más rápido de lo esperado a sus alrededores.  Cuando llegaban eran jóvenes, fuertes, idealistas, revolucionarios, algunos talentosos.
Todos confiaban en algo, alguna idea un tanto utópica y difusa que decía que ese era el lugar en el que siempre habían querido estar, que allí podrían ser quienes quisieran y hacer lo que tuvieran ganas, que allí podían decir sin censuras, que allí los iban a proteger, porque, ante todo, la isla eran ellos y la identidad de de aquel lugar, dependía de la calidad de sus habitantes.

De a poco la realidad nos empezó a golpear de frente. La isla no era lo que pensábamos. Los ocastas eran lo único que importaba y todo funcionaba de acuerdo a sus intereses y condiciones. Los de al lado dejaron de ser vecinos para empezar a ser enemigos, los que todavía querían creer, buscaban alternativas, los más crédulos se agarraban de lo que alguna vez habían imaginado que era estar en la isla, como para, al menos, mantener la ilusión.

Un día miré hacia el costado y sentí la necesidad de golpear al hombre que estaba al lado. Era más grande que yo, en edad y en físico, pero no me importó. Dejé de hacer lo que estaba haciendo, cerré el puño con fuerza y se lo marqué en la cara, en la mejilla izquierda, justo cerca de los labios. Al hombre le importaba tan poco todo que solo me miró, se pasó el brazo por la boca para ver si sangraba y siguió con lo que estaba haciendo. La verdad es que no estaba haciendo nada. Ese tipo se pasaba en Internet, mirando lo que sucedía afuera de la isla, nunca hacía nada, no le importaba si todos nos hundíamos  y eso era lo que yo no podía soportar: que alguien pudiera ser tan indiferente mientras la isla se caía en sus ojos.

Le hubiese dado otra trompada, como para ver si de alguna forma reaccionaba, pero yo era un tipo tranquilo. Estaba ahí solo para cumplir mis objetivos, los que alguna vez se habían parecido bastante a mis sueños. Yo fui de esos que intentó agarrarse a esos sueños. De esos que intentó aferrarse a lo que fue, a la mejor versión de mí mismo, que casi siempre era la de un tipo optimista con la ambición de cambiar el mundo.

Pero llegó un momento en el que estar en la isla se tornó insoportable.  Los indiferentes eran cada vez más y los que pensaban en salvarla eran cada vez menos. Los más, en realidad, éramos los que llorábamos pensando en cómo habíamos sido engañados. En la isla los hombres sí llorábamos. Yo siempre lloré. Los más éramos los que pensábamos desesperadamente en cómo carajos salir de aquel lugar rodeado de nada, que ya no tenía promesas por delante,  que ya no tenía futuro ni reversión. Los motivos para quedarse en la isla eran cada vez menos, pero el riesgo de dejarla para siempre y salir a buscar otro lugar y otro objetivo y otro sueño, era casi asfixiante. Yo creo que esa fue la razón por la que resistimos tanto. No porque quisiéramos quedarnos allí, no porque defendiéramos a la isla, sino porque la incertidumbre de un futuro fuera de ella era como saltar a un agujero  oscuro, que podía no tener final. La isla había dejado de ser el lugar que había imaginado cuando era niño y jugaba a los soldados con mis hermanos, para ser un sitio nefasto, en el que a nadie le importaba nada, en el que pensábamos (me incluyo) solo en salvarnos a nosotros mismos, en el que se había perdido toda pretensión de lucha, en el que todos estábamos contra el capitalismo imperioso de los ocastas pero nadie se animaba a enfrentarlos. Todos sabíamos que el verdadero poder estaba en nosotros, que los ocastas sin nosotros eran como un rey sin trono, que ellos por sí mismos no sabían hacia dónde ir, y que sin embargo eran los que manejaban nuestro destino. Pero nadie decía una palabra.

No sé por qué nos quedamos hasta el final. Cuando empezamos a  ver que el final era el único destino posible de la isla, con Fernando y Manuel, las únicas dos personas en las que confiaba de todo el lugar, manejamos la posibilidad de irnos los tres, de volver a la ciudad y empezar la vida de nuevo. Nos reunimos en secreto (en la isla las reuniones entre particulares no estaban permitidas) varias veces, planteamos mil cuatrocientas alternativas y en todas terminábamos por fracasar; era como si la isla nos hubiese sacado todo el optimismo que alguna vez habíamos tenido, como si los ocastas se encargaran de absorbernos la energía, de golpearnos hasta ya no querer pelear más. Las reuniones, casi siempre en una especie de baño gigante y comunitario que había cada 65 metros en la isla, empezaban siempre como catarsis, como búsqueda de otro futuro posible, y terminaban, siempre, sin soluciones claras. Terminaban en la resignación más absoluta y menos digna de todas las resignaciones. Ellos eran lo único que yo tenía. La isla había dejado lejos a mi familia, a mi mis amigos, a mis compañeros del fútbol. Estábamos solos y sin un objetivo claro, lo que era peor que cualquier castigo o tortura. Solos y sin objetivos y por lo tanto, sin saber hacia dónde ir.

No faltaba mucho para que todo explotara.  Todos los días nos levantábamos con la sensación amarga de algo que está por suceder pero que no sucede. Los oscastas nos movían de un lado a otro para ver si de esa forma mostrábamos alguna habilidad oculta que lograra salvar la isla, pero no había caso. Ellos querían cambiar las formas y no se daban cuenta de que aquello era un tema de contenido, de que el contenido era siempre el que determinaba la forma, de que movernos de un lado a otro no era la solución, de que todos nos habíamos vuelto una manga de idiotas que no pensábamos más allá de nosotros mismos, de que la solución, la primera, era volver a la ciudad y traer a alguien que supiera ayudarnos de verdad, que nos diera un sacudón, que nos abriera los ojos, que nos dijera que si no hacíamos algo, nos íbamos a hundir. Sonaba contradictorio, porque nosotros sabíamos que teníamos que hacer algo ya, urgente, pero todos seguíamos mirando hacia el costado como si en la isla no pasara nada. Los ocastas, mientras tanto, se reunían para debatir sobre cómo levantar a la isla de la crisis sin tener en cuenta que los que la habitábamos éramos nosotros, que ellos vivían en la zona alejada y restringida de la isla, que estaban buscando soluciones para algo que no sabían cómo funcionaba.

La explosión fue rápida. No nos dejó tiempo a pensar. La estábamos esperando pero creíamos que no iba a llegar tan pronto. Intentamos culpar al resto del mundo, intentamos justificar nuestra propia explosión diciendo que el mundo no nos había podido comprender, que no se había podido aggionar a nosotros cuando en realidad nosotros nos tendríamos que haber adaptado al mundo. Ignoramos que aquello era lo más cercano a un suicidio involuntario, que nosotros, los isleños, estábamos siendo víctimas de nuestras propias elecciones y lo que es peor, de nuestros propios sueños. Explotó. La isla explotó y ya no hubo más nada por hacer.  Si antes entendíamos poco, ahora habíamos dejado de entender, quedamos náufragos en el lugar que habíamos elegido para nosotros, quedamos todos solos y sin saber qué hacer. Nos comimos los unos a los otros para intentar sobrevivir y al final, los únicos que se salvaron fueron los que supieron escribir.

S.Gago.

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