Riccetto, Cavani y las diferencias que no son

La selección y el Ballet del Sodre son lo mismo. Esa es mi teoría.

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Hay algo que sigue vivo. Su voz alcanzó a las primeras filas y fue suficiente para que los músicos entendieran lo que estaba por suceder. El escenario estaba iluminado y todavía latía. Las flores sobre él, una bandera que llegó sin ser vista. Todos de pie, ellos y nosotros. Hacía poco más de tres horas, Uruguay se había metido entre los mejores ocho del mundo, ganándole al campeón de Europa, a la selección que tiene a uno de los mejores (y no por eso menos detestable) jugadores de la Tierra y de la historia. Sin embargo, la Celeste lo volvió hacer, lo había hecho hacía tres horas: como si hubiese una historia que cumplir, une épica que cuidar y un pasado que revivir, Uruguay, el país chiquito y humilde, se hizo grande y fuerte ante uno de los gigantes del fútbol mundial.

Eran pasadas las diez de la noche y el Auditorio del Sodre estaba colmado, estaba aplaudiendo de pie, estaba agradeciendo por semejante entrega. El aplauso y los gritos eran para ellos, sin dudas, para María, para Gustavo, para Ciro, para Nina y para toda la compañía; pero un poco, seamos sinceros, eran también de felicidad; es lindo, a veces, gritar de felicidad y es más lindo aún cunado el grito y las felicidades se hacen una y suenan bien fuerte y atraviesan el espacio.

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No voy a escribir sobre cómo el fútbol, a los uruguayos, nos cambia la vida. No voy a decir que cuando juega Uruguay a todos nos importa lo mismo y todas nuestras energías están centradas en once hombres que dejan las piernas, los pies , los músculos, la cabeza y el corazón. No voy a hablar de que pocos países deben sentir lo que nosotros por la Celeste, ni sobre las hazañas del Maestro Tabárez, ni sobre el amor eterno entre Cavani y Suárez. Tampoco voy a decir que cada vez que gana Uruguay los problemas pesan menos y los dolores se olvidan por noventa minutos y por unos minutos más. Que los solos se sienten menos solos y los tristes menos abatidos; que el aire es el mismo pero se respira diferente, que todos somos los mismo, pero estamos distintos.

Yo no sé si todos los han visto. Ojalá que sí, ojalá que todos alguna vez los hayan visto y sino, les juro, escríbanme que vamos juntos a la próxima temporada. De lo contrario, no sé si mi teoría tiene sentido, pero lo quiero intentar. Yo no sé si todos alguna vez la han visto bailar. Ojalá que sí. Porque hay algo más que pasa cunado ella está en el escenario. Y les juro que esto no es pura idolatría. Por eso, necesito que la vean. Que los vean.

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El Ballet Nacional del Sodre y la Selección Uruguaya de Fútbol son lo mismo.  Tienen todo de igual y todo de diferente. Podrían ser una hermosa contradicción, pero no, porque las diferencias son las evidentes y son las lógicas: que unos utilizan zapatos con tapones y otros zapatos con punta, que unos corren y a veces bailan y que los otros bailan pero nunca corren, que unos levantan las piernas todo el tiempo y que los otros si levantan muy alto una pierna pueden ser expulsados. Por lo demás, las diferencias son un invento espantoso y absurdo que nos hicimos como sociedad desde que el fútbol es fútbol y el ballet es ballet.

Sin embargo, las similitudes son las que hacen que mi teoría tenga alguna chance de validez. Y acá, señoras, señores, les pido que presten atención: cunado Julio Bocca llegó al BNS, la compañía estaba sumida en unos años de poca identidad, de bailar para una platea casi vacía, de no creer; había tenido su época de oro, es cierto, pero después, fueron años vacíos. Y vino Julio y de a poco, con mucho trabajo y mucho esfuerzo, con mucho dejar todo en el escenario para dar la mejor función cada noche, con un “plantel” que mantiene a sus figuras pero se renueva, empezó a elevar alto a la compañía hasta lograr que nosotros,  los uruguayos, la sintamos propia, la sigamos, la alentemos, lloremos con ella, nos sintamos orgullosos y se nos infle el pecho con ella. Incluso, el Maestro Tabárez dijo una vez que Julio le consultó sobre cómo llevar adelante a un grupo, sobre sus valores para dirigir a la Selección.

Pero además hay otra cosa. Esto tampoco es simple idolatría: María Noel Riccetto y la construcción de su figura. Es la que se fue, brilló en lo más alto del ballet a nivel mundial y volvió.  Es la que sufrió lejos de los suyos, la que se esforzó para cumplir un sueño, la que lo cumplió. La que nos representa afuera, la que gana en Rusia. La que se entrega, la que baila aunque el mundo, su mundo, se haya caído. La que se vuelve a levantar. Porque todos nos representamos un poco con Riccetto, o todos nos queremos representar un poco con ella: todos queremos volar alto sin perder la humildad. Todos queremos que nos quieran, como la queremos a ella, todos queremos que alguna vez nos aplaudan, como la aplaudimos a ella. No hay muchas diferencias salvo las evidentes entre Riccetto y, por ejemplo, Edi.  Incluso (aunque sea polémico), hasta su voz es parecida.

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Ay Celeste regalame un sol. Su voz sonó solitaria desde el escenario y llegó hasta las primeras filas. La orquesta entendió lo que estaba pasando: Riccetto, desde el escenario y después de haberse entregado a su público durante las dos horas que duró la función de La Viuda Alegre, arengaba a los suyos como Diego Godín antes de salir a la cancha. Y entonces, nosotros también lo entendimos. Ay Celeste regalame un sol. Y más de mil voces gritaron como habían gritado los goles de Cavani. Y en el sol y en los aplausos, había un gracias enorme a la Selección, sí, pero también había un gracias por esto que estaba pasando, por lo que había sucedido.

Es difícil de explicar lo que sucedió en el Auditorio. Quizás la de ayer haya sido una función particular, quizás todos los uruguayos hayamos ido a verlos con el corazón medio abierto y por eso todo se hizo más intenso. No sé muy bien cómo cerrar mi teoría, pero hay algo que como con la selección y también ocurre con el BNS: mientras dure el partido, mientras dure la función, nosotros vamos a estar en otro mundo, en otro plano, en otra sintonía, nos vamos a olvidar de que algo allá afuera existe, y vamos a sentir que todo es posible.

¿Ustedes vieron a María bailar alguna vez? Si la ven, les prometo, van a creer en todo.

S. Gago.

PD: ¡Uruguay nomá!

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