Un lugar en el mundo

Vengo a contar una historia de amor.

Vengo a escribir la historia de un sueño que no empezó como sueño pero que se transformó en eso y se hizo realidad sin que se dieran cuenta.

Vengo para contar sobre tres hermanos que creyeron en algo, fueron y lo hicieron. Contra todo y contra todos. Y siempre que las cosas cuestan, cuando finalmente se consiguen, se quieren más, se cuidan más, se valoran más, aunque suene a fetiche y a cliché.

Vengo a contar una historia de amor. Porque esa era la esencia de este espacio, de este blog, que después, por circunstancias de la vida o más por la vida que por sus circunstancias, se transformó en un espacio de catarsis casi narcisista y dejó de contar historias. Las historias que yo quería escribir y en otro espacio no tenían lugar.

Y esta, la de Iván, Stephi y Seba, es una de esas historias.

***

Empezó como empiezan todas las cosas que tienen un comienzo y un futuro incierto: de a poco y trabajando mucho, con poco para llegar a mucho, aunque no supieran del todo qué era mucho.

Era 2012 cuando Iván Custodio, 29 años, decidió que tenía que encontrar un lugar al que poder llevar a sus alumnos y donde tener sus equipos; que, dice, no eran muchos, pero no importaba.

Había estudiado administración de empresas y después Stephi, 26, por entonces, lo convenció de que esto era para él. Con “esto” no hablaba de los números ni de la administración ni de las empresas. O quizás sí. Pero no. Stephi le dijo a su hermano que él tenía que estudiar educación física. Iván le hizo caso. Hizo lo que nadie, menos Stephi, esperaba que hiciera: dejó atrás su carrera y estudió para ser entrenador. Así que ese año empezó a dar clases. Acordaba el horario con sus alumnas y se iba hasta su casa para entrenarlas.

No era suficiente. Solo con eso no alcanzaba. Las alumnas empezaron a aumentar. Iván se dio cuenta de que necesitaba un lugar. También se dio cuenta de que costear otro alquiler no era posible.

***

Yo llegué al gimnasio hace dos años. De casualidad. Después me di cuenta de que capaz no, capaz no era casualidad. Pero eso es otra historia. Llegué, decía, porque con una de mis hermanas queríamos hacer algo, movernos, despejar la mente, destrabar el cuerpo.

Google: “Gimnasios en el centro de Montevideo”. Primera opción: Tu Lugar Gym. Colonia y Yi. ¿Y si probamos? Y probamos. Llegamos. Nos inscribimos sin preguntar mucho nada, “como para probar”, como para ver qué onda. Y nos quedamos. No nos fuimos.

Es raro mi vínculo con los gimnasios. Era raro, al menos. Yo, que me dedico a escribir y que paso 18 horas de las 24 que tiene un día sentada en una silla. Yo, que en la facultad tenía ambiciones intelectuales de bares, café y libros. Yo, que lo único que alguna vez había disfrutado de un gimnasio habían sido las clases de baile, que me negaba a la (supuesta) superficialidad de transpirar al lado de otras minas que se miraban al espejo a ver cuánto se les habían marcado los abdominales mientras se acomodaban la vincha y se secaban la frente con la muñequera que decía, bien grande y en rojo, Nike. Yo, en agosto de 2015, entré a un gimnasio, me inscribí sin pensarlo. Y me quedé. Y no me fui.

Aunque pueda volver a caer en mi yoismo (entiendan que yo escribo por necesidad), mi relación con los gimnasios tenía que ser contada para entender, un poco, algo, por qué decidí escribir esta historia.

***

Vivió seis meses en el lugar para poder pagar el alquiler. La reja se abría solo en el horario acordado con las alumnas. Daba clases, las entrenaba y se cerraba. Mientras Stephi estaba estudiando educación física y Seba era mecánico.

“Nos necesitamos”, van a decir seis años después, sentados en el mismo lugar en el que Iván vivió seis meses. Nos necesitamos, van a explicar, como si fuese necesario aclarar que los hermanos se necesitan. No importa. Lo van a decir dos, tres veces en poco menos de una hora.

Se necesitaban, era verdad. Iván no podía solo e invitó a Stephi a sumarse a él. Y con ella, más alumnas y con ellas, un proyecto que crecía sin saber a dónde iba a llegar. Y siguió creciendo, hasta que un día decidieron dejar la reja levantada. Decidieron que el que quisiera, podía entrenar con ellos. Decidieron que aquello no iba a ser solo un lugar donde entrenar a unas cuantas alumnas. Que aquello iba a ser algo más.

A Sebastián, por entonces 32 años, también lo necesitaban. Se sumó al proyecto para cuidar a Stephi, que era la que se quedaba en el lugar hasta la noche y, además, era la más chica. Así que empezó acompañándola y terminó estudiando para ser entrenador.

***
La primera vez que fui a una clase zumba en el gimnasio, quise salir corriendo o esconderme atrás de alguna puerta hasta que aquella locura terminara. Con Federica, mi hermana, nos mirábamos queriendo que fueran las siete y cuarto.

La gente bailaba, algunas como se les cantaba, otra siguiendo a Stephi, otras mirando al suelo, y otras gritando. Gritando. Gritando. Gritando. Bailaban como si en aquel lugar con las paredes verdes y dibujos de Mafalda fuese una suerte de terapia colectiva que limpiaba todo lo que dolía, que aliviaba todo lo que adentro pinchaba, que hacía bien sin darse cuenta.

Me quise ir, ese día. Pero volví. Y al segundo día también me quise ir. Volví. Y pasaron dos, tres meses, hasta que un día me quise ir definitivamente. Stephi me miraba para que yo gritara y yo no quería gritar. Pero volví. Por alguna razón, siempre vuelvo. No grito, pero vuelvo. Hay algo que cuando mi día viene torcido, que cuando me pasé diez horas trabajando, que cuando estoy cansada y sé que tengo que seguir escribiendo, hay algo que hace que vaya y que siempre, después de ir, me sienta mejor.

***

Ahora es 10 de setiembre de 2013. En Colonia y Yi hay un parlante en la vereda y la música es alta. El parlante indica que algo está por pasar, que algo está pasando.

El lugar está diferente. Ya no es la casa de Iván. Está más grande, tiene otra forma. Hay amigos, familiares, alumnas que fueron y otras que iban a ser. Está la gente que siempre acompaña, porque, aunque no fuera el cumpleaños de ninguno de los tres, ni navidad, ni año nuevo, estaba pasando lo que no pensaron que iba a pasar y pasó: estaban inaugurando, juntos, Stephi, Iván y Seba, su gimnasio.

Desde ese día pasaron cinco años y 281 días.

Iván (35) lleva los números. Stephi (32) se encarga de las profesoras y los recursos humanos. Seba (38) de la parte de marketing.

Desde ese día pasaron cinco años y 281 días. Pasaron alumnos que se fueron, llegaron alumnos que se quedaron, otros que se fueron y volvieron. Se pelearon, discutieron y volvieron a hablar. Demoraron un año y medio para conseguir una heladera. Les cerraron puertas y otras directamente no se abrieron. Pasaron momentos malos. Festejaron cada uno de sus aniversarios. Dejaron cada uno un poquito de su vida para que el gimnasio se transformara en más que un emprendimiento. Se unieron más que antes. Le cambiaron la vida a su mamá. Cambiaron su vida, la de cada uno. Pensaron en cómo mejorar, en no quedarse atrás. Pensaron en un regalo para sus alumnas en el día de la mujer. En el día de la madre. Para fin de año. Estuvieron cerca de sus alumnos. Empatizaron (Stephi siempre dice que es importante la empatía) con ellos. Los ayudaron. A algunos les cambiaron la vida. Y esto no es puro romanticismo: les cambiaron la vida, en serio.

***

“Él quiere estar en todo, ocuparse de que todo salga bien”, dice Stephi de Iván.

“Ella es la mejor en lo que hace, tiene la capacidad de rodearse de gente buena. Y Seba también, es muy bueno con las redes sociales. Nosotros empezamos a pisar fuerte ahí cuando no eran muchos los gimnasios que lo hacían, cuando no había el boom que hay ahora de los gimnasios”, dice Iván.

“Y el gimnasio terminó por ser mi vida, porque pasamos mucho tiempo acá adentro”, dice Seba.

“Nos necesitamos”, dicen.

“El gimnasio hoy es mi vida”, dicen.

“Tenemos que estar los tres, y sabemos que siempre vamos a estar. Por más que tengamos visiones diferentes de muchas cosas, nunca llegamos a dejar que explote todo, porque nos necesitamos y esto es algo de los tres, si uno no está no funciona”, dicen.

Iván siempre quiere más y Seba siempre está bien. Stephi es el punto medio, el que sirve de equilibrio.

“Nos necesitamos”, dicen.

Es verdad. Se necesitan. Para que el barco no se hunda, para enderezarlo y hasta para levantarlo. Para seguir haciéndole bien a alguien más. Para que alguien llegue, vea que ese no es un lugar donde la gente se mira al espejo y cuenta los abdominales, y se quede. Y no se vaya.

Es verdad. Se necesitan. Como cualquier hermano y más. Mucho más.

S. Gago.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carlos Viera dice:

    Felicitaciones !!! Hermoso y digno de resaltar un lugar asi con mucha energia positiva. Y tambien felicitaciones a Cristina . Por estar siempre apollando . Un abrazo.

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