No es como Papá Noel

“No lo vi llorar, pero lloraba”. Terminé un libro que leo por segunda vez, con una diferencia de cuatro o cinco meses. Se me caen las lágrimas, mientras leo que Rodolfo González Alcántara lloraba, aunque Leila no lo hubiese visto. Empiezo a toser. Estoy enferma. Por primera vez en cinco años estoy enferma. Y entre la tos y las lágrimas, siento que me ahogo, que me muero, por la tos que no puedo controlar y por las lágrimas, que tampoco puedo controlar.

Rodolfo González Alcántara es un bailarín de malambo de la Pampa, a quien Leila Guerriero, periodista argentina, siguió durante tres años, desde que lo conoció en el festival de Laborde, el más argentino de los festivales de malambo, el menos conocido, pero el más prestigioso. Es la segunda vez que leo este libro, “Una historia sencilla”. Es la primera vez que me enfermo en cinco años y es la primera vez que me ahogo por la tos y por el llanto.

***

Durante 16 años yo tuve un sueño: bailar. Pero bailar en serio, ser bailarina de verdad, usar tutús y tener varios pares de zapatillas, que se me ablandaran demasiado y tener que cambiarlas, ir a clases toda mi vida, ponerme nerviosa en el escenario, sonreír aunque me temblara el labio, no mirar al público que casi nunca se veía, hacer piruetas y llegar a hacer fouettes (giros), muchos, sin parar. Yo lo soñaba en serio.

Durante un año entero dejé todo por esa convicción: yo quería bailar y no me importaba nada más. Nada, literalmente nada. Viajaba a Colonia del Sacramento desde Nueva Helvecia faltaba al liceo para poder llegar temprano a clases, había convencido a mi profesora de Economía de que me dejara salir una hora antes todos los lunes “porque, profe, tengo ensayo” y ella, que creía en mí más que yo misma, me dejaba salir y no me ponía la falta.

Y yo llegaba en hora, y me ataba las zapatillas en frente a una estufa, y empezaba a estirar y a calentar sola, y me hacía el rodete una y otra vez, y estiraba los empeines que no llegaban a estirarse, y me levantaba del suelo y empezaba a intentar girar mejor que ayer, más que ayer, más que antes. Casi nunca lo lograba.

Yo buscaba algo que sabía que nunca iba a conseguir. Yo tenía un sueño que sabía que no iba a lograr pero que igual soñaba.

***

Hace unos días alguien me dijo lo más hermoso que me han dicho sobre mi escritura:

“De verdad, Soledad, que hayas escrito este mail en tan poco tiempo -un mail con introducción, punto de inflexión y remate!!!!- me da la pauta de que sabés pensar, y por lo tanto sabés escribir. Y cuando digo “sabés” no me refiero a los saberes formales: me refiero a una noción de belleza. Sabés escribir. Y si sabés eso, tenés casi todo de tu lado”.

Ese día leí estas palabras una y otra vez. Me dije que nunca nadie me había dicho algo igual. Y a veces, cuando las cosas no salen como uno quisiera, o cuando el cansancio nubla la vista y hace borrosas las ideas, a veces, cuando el mundo parece tan jodido como para seguir robándome sueños, viene bien que alguien diga algo como eso. “Sabés escribir. Y si sabés eso, tenés casi todo de tu lado”.

Nunca nadie me dijo “sabés bailar”. Pero yo lo sabía. Sabía que yo no sabía bailar.

***

Desde que la leí por primera vez a Leila, releo cada tanto sus textos, los que me han partido la cabeza, los que guardo en una carpeta que dice “textos importantes”. A veces me siento a escribir intentando imitarla. A veces me siento a escribir solo porque después de leerla me dan ganas de escribir, aunque me frustre porque las palabras no me salen, después de leer a Leila, siempre creo que algún día voy a poder escribir como ella. Sé que no, pero igual lo hago.

La leo. Me siento. Escribo. Borro. Me enojo. Vuelvo a escribir. Borro otra vez. Me frustro. Lo vuelvo a intentar.

Ahora, por ejemplo, acabo de leer otra vez su aventura con un bailarín de malambo que dejó todo para ser campeón del festival de Laborde, un festival del que se sale campeón una sola vez y que implica el último baile en la vida de un bailarín. Después de consagrarse campeón en Laborde, que es el mundial argentino del malambo, por un acuerdo tácito entre campeones, ya no vuelven a bailar en ningún otro festival. De esa forma, mantienen en silencio el prestigio de ser campeones en el más argentino y más puro de todos los festivales de malambo de La Argentina.

Y en la hoja 128, aunque sabía todo lo que vendría, lloré. Lloré por Rodolfo González Alcantara, que como fue campeón en 2012, en 2013, para presentar el festival, bailó el último malambo de su vida. Lloré porque estoy enferma y sensible, supongo. Lloré porque yo quiero escribir una historia como la de Leila. Lloré por un sueño que fue mío y no, durante 16 años. Lloré por un mail esperanzador que me llegó hace un tiempo, cuando alguien me dijo “sabés escribir. Y si sabés eso, tenés casi todo de tu lado”. Lloré por una respuesta que nunca llegó, porque ese mail se quedó en eso, en unas palabras lindas que releo como Rodolfo leía la Bibilia antes de salir a bailar. Y nada más.

***

Siempre me puse la excusa del tiempo. El tiempo siempre es una buena excusa. Me dije, a mí y a todos, que dejaba de bailar porque no tenía tiempo. Que si no podía dedicarme al cien por ciento al Ballet de Colonia, entonces abandonaba todo lo que tuviera que ver con las puntas y el tutú al venirme a vivir a Montevideo. Que ahora yo tenía que estudiar, que ya no iba a poder bailar. Pero eso era mentira. Era mi mentira. O la mentira que transformé en verdad.

Me cuesta escribir esto. Es la primera vez que lo escribo. Que lo escribo de verdad, digamos. Es la primera vez que escribo que durante 16 años perseguí un sueño que siempre supe que no iba a llegar. Nunca pude cerrar del todo una quinta sin que me dolieran las rodillas. Nunca pude verme como quería porque siempre había una pierna que no estaba del todo abierta y, ya sabrán, los bailarines hacen todo con los pies y las piernas abiertas, muy abiertas. Nunca pude tener el mismo empeine en el pie izquierdo que en el derecho. Nunca pude hacer más de cuatro piruetas seguidas, por más que lo intentara una y otra vez. Nunca lo logré. Estaba bien lo que hacía, se veía bien, valoraban el esfuerzo, pero en el fondo yo sabía que no podía. Que nunca iba a poder. Y asumir que algo que siempre quise nunca iba a llegar, fue un golpe tremendo, de esos que pegan de costado y dejan la marca de los dedos.

Me cuesta escribir esto. Es la primera vez que lo escribo. Que lo escribo de verdad, digamos. Es la primera vez que escribo que durante 16 años perseguí un sueño que siempre supe que no iba a llegar. Y lo perseguí como una niña que ve en el ropero de sus padres los regalos de Navidad, pero que igual sale a buscar a Papá Noel en una estrella. Porque Papá Noel tiene que existir.

Asumir que por más que me esforzara yo no iba a poder bailar, fue como asumir que Papá Noel no existe. Y con Papá Noel siempre se va una parte de nosotros. Una parte que creía y que ya no cree más, algo de inocencia que estaba y que ya no está más, una parte de nosotros que se nos va con unos cuántos regalos escondidos en un ropero. Y que no vuelve jamás, porque aunque en la Navidad siguiente salgamos a mirar al cielo a ver si alguna estrella brilla más que otra, algo dentro de nosotros va a saber que por esencia y por la astronomía y las galaxias y el espacio y el universo, siempre va haber una estrella, dos, tres, cien, que brillan más que las demás. Y que ninguna de ellas va a llevar al trineo de Papá Noel consigo.

***

Era domingo. Era mi cuarto día de enferma y estaba en mi casa, en Nueva Helvecia. Me acurruqué en un sillón, me tapé con una frazada que me hizo mamá y saqué el libro de mi mochila. Lo empecé a leer con la ilusión de algo grande, pero sabiendo todo lo que venía. Y no me importaba. Yo estaba leyendo a Leila en Nueva Helvecia. Antes, yo miraba los videos de Paloma y buscaba girar como ella. Los miraba como una utopía, como a Papá Noel.

Mi viejo se sentó en el sillón de enfrente. Mis hermanas se sentaron al lado. Yo no saqué los ojos del libro. No podía sacarlos. Papá me preguntó qué estaba leyendo. Yo lo cierro y le muestro la tapa. Es un libro de una periodista sobre un bailarín de malambo que sale campeón en el festival más importante y menos conocido de Argentina.

Papá miró sin entender. Mis hermanas y mamá miraron como diciendo, ¿en serio lees sobre un festival de malambo?

***

Terminé el libro de Leila por segunda vez hoy. Lunes 29 de mayo de 2018. Supongo que la única ventaja de estar enferma y enferma en mis circunstancias, es que el mundo que me rodea solo me dice y me obliga a una cosa: descansá. Y en ese verbo entra todo menos una cosa: no trabajes. Así que en dos días pude leer por segunda vez cómo Rodolfo sale campeón en un festival que le dio y le arrebató todo, porque allí bailó el último malambo de su vida.

***

Nunca alguien me dijo “vos sabés bailar, Soledad”. Yo sabía que no me lo iban a decir. Pero igual miraba videos de Paloma y soñaba con ser como ella.

Ahora, hace unos días, alguien hizo conmigo lo que Laborde con Rodolfo: alguien me dijo “vos sabés escribir, Soledad”. En esas palabras me dio todo. Y con su no respuesta posterior, me partió el corazón.

Porque soy así, viste, nunca confío demasiado en si tengo o no talento para escribir, nunca estoy demasiado segura de lo que hago, nunca quedo del todo conforme con lo que escribo, nunca sé si las cosas van a salir como quiero que salgan. Y sin embargo, vuelvo a Leila y vuelvo a escribir. Alguien me dijo que yo sabía hacerlo. Por eso lo intento. Escribir ya no es como bailar. Porque yo siempre supe que no iba a poder ser bailarina, pero ahora estoy escribiendo un libro. ¿Eso es ser escritora?

***

Vuelvo al domingo. Vuelvo al sillón de mi casa en Nueva Helvecia, (yo sigo diciendo mi casa aunque hace seis años que no vivo ahí), vuelvo al libro, vuelvo a la pregunta desconcertada de papá y vuelvo a las miradas extrañadas de mamá y mis hermanas.

“Es la segunda vez que lo leo. Es un libro sobre un bailarín de malambo. ¿Sabían que usan las botas dos talles más chicas para poder manejarlas mejor?”, pregunto. Y nadie dice nada. Entiendo que no les divierta una historia sobre un festival desconocido de Argentina.

Después les digo, con el libro otra vez abierto: “Yo quiero escribir como ella y si quiero escribir una historia así, tengo que leerla mil veces”. Y ellos se ríen. Y yo también. Yo me río porque Leila no es como las puntas, ni el ballet.

Yo me río.

Y al otro día, es decir hoy, lunes, lloro mientras me ahogo con una tos que no puedo controlar. Lloro porque ahora tengo otro sueño, y sé que el mundo no va a ser tan jodido como para quitármelo. Sé que este sueño no es como Papá Noel. Que no se va a ir con ver los regalos en el ropero de mamá. Que no va a desaparecer con la excusa del tiempo.

S. Gago.

PD: Me estoy por morir de un ataque de tos. De verdad.

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