Una puta mañana sin tristeza

Suena el despertador. Son las 9. Necesitaba dormir al menos siete horas. Laconchadelmono, digo, pero me levanto. Pantalón deportivo, campera de papá que tengo en Montevideo y me llega a las rodillas. Voy a la cocina. Empiezo a ponerme de buen humor. Hace mucho que no desayuno tranquila y a mi me gusta desayunar. Pongo agua en la caldera. Me hago dos tostadas. Qué feliz que estoy siendo. Eso de que la gente puede ser feliz con pequeños detalles siempre me pareció absurdamente romántico, pero cada tanto me pasa. En este momento, por ejemplo. Lavo tres vasos que los hermanos dejaron sucios. Me pongo en Spotify una lista de Bandana, porque hoy de noche vamos a verlas y todas, mis amigas y yo, coincidimos en que hace un mes, dos, no sé, que estamos ilusionadas con verlas. La ilusión del tiempo que no pasó, supongo. La de volver a bailar como cuando aprenderse la coreografía de Dance dance dance era la única preocupación que teníamos. La ilusión del no tiempo, digamos. Así que sí, mientras espero a que hierva el agua y salten las tostadas, bailo Bandana en la cocina. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Está el agua. Agarro mi taza, quiero hacerme un café bien grande y que me dure al menos para los primeros dos párrafos.

Voy a la mesa donde habitualmente están el café, el azúcar, el chocolate que toman mis hermanos.

Agarro el frasco de café.

Está vacío.

El corazón se me detiene como cuando en el medio de la noche escuchás un ruido y todo se te paraliza porque pensás que en dos minutos un asesino serial va a entrar a tu cuarto. Después respirás y te das cuenta de que fue el vecino de arriba haciendo vaya uno a saber qué. Así que miro el frasco de café por unos instantes. Pienso que es como el asesino serial. Me calmo. Busco en todos los muebles habidos y por haber. Tiene que existir otro frasco de café en mi casa. Tiene que haber algún restó de café, algo. Busco desesperada, como quien busca algo que le salve la cabeza. Tiene que haber. Me paro en una silla para llegar al mueble alto. Nada. Abajo del otro mueble. Nada. Le escribo a mis hermanas, que están en viaje a casa, Nueva Helvecia. ¿No hay más café? Y una carita llorando a los gritos. Doy vuelta el celular, como cuando mandas un mensaje importante y lo pones boca abajo para no ver la respuesta, pero a su vez lo mirás con miedo cada tres segundos porque necesitás que esa respuesta llegue. Y más cuando una respuesta puede cambiar el rumbo de tu día. Eso hice. Sé que tiene que quedar algún frasco de café del surtido que hicimos la última vez. Tiene que haber.

Sé que hay café en mi casa, solo que no lo encuentro.

Siete minutos es mucho en este espacio tiempo en el que el tiempo es cada vez más rápido y las respuestas y soluciones cada vez más instantáneas.

Siete minutos después me llega un mensaje al grupo con mis hermanas (mujeres).

Fefi: “No, no queda, una mierda”.

¿CÓMO QUE NO QUEDA CAFÉ? ¿CÓMO QUE NO QUEDA CAFÉ? ¿CÓMO QUE NO QUEDA CAFÉ? ¿CÓMO QUE NO QUEDA CAFÉ?

¿CÓMO HAGO YO PARA ESCRIBIR SiN CAFÉ? ¿Y MI CUERPO CÓMO HACE SIN CAFÉ? ¿Y MIS IDEAS Y MIS LÍNEAS CÓMO SALEN SIN CAFÉ? ¿Y MI ROMANTICISMO DE UNA MAÑANA DE FRÍO, CÓMO LO VIVO SON CAFÉ?

Ok. Respiro. Me tranquilizo. Evalúo la posibilidad de bajar a comprar. Negativo.

Putavida putamañanasincafé.

Yo solo quería ser romántica y feliz desayunando tranquila. Ok. No es para tanto. Pero si quiero escribir, el libro y esto que escribo ahora, necesito que sea para tanto. Para la gente que escribe siempre tiene que ser para tanto, siempre tiene que haber algo que resolver.

Y yo quiero ser de esa gente que escribe.

Así que sí, no tener café cuando el café implica un ratito de felicidad, es para tanto. Quiero llorar. Mentira.

Vuelvo a Bandana. “No me dejo convencer por la tristeza si lo que me hizo mal una vez no me interesa”, cantan las chicas.

Ok. Yo tampoco.

No hay café. No importa. Yo les creo, a Lourdes, Lisa y Valeria. Y no, no me dejo convencer por la tristeza.

Ya va venir un café mejor (tan estúpido como decir que ya vendrán tiempos mejores).

S. Gago.

Pd. Me hice un mate.

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