Sobre Bandana y el tiempo (y algo más)

“Cuando todo está al revés en mi cabeza y las cosas no son como las ves y el mundo pesa, yo solo quiero irme de aquí. Entonces llega la noche, no hay tiempo para reproches, yo no me pierdo esta noche, la vida se empieza a celebrar”.

(Repetir la última oración dos veces, con el volumen cada vez más alto).

Ellas eran lo que todas queríamos ser. Cinco chicas que habían ganado un concurso, lindas, que estaban en la tele, que eran amigas, que cantaban que no renunciaban nunca pero sabían que no ibas a ir, “hoy mis besos te van a extrañar porque este amor es así”, decían, “maldita noche quisiera olvidar”, pedían.

Y después estábamos nosotros. O nosotras. Mis amigas y yo, juntando figuritas del álbum, con pañuelos, bandanas, en la cabeza, en el cuello, o donde fuera. Porque el pañuelo era parecerse un poco a ellas, era estar un poco más cerca de ellas, porque siempre la parte puede significar el todo y para nosotras tener cinco bandanas de colores era ser, claro, un poco ellas.

***

“Hoy me voy a enamorar, no me importa que me duela, haremos una locura la noche entera. Que pase lo que vaya a pasar, que sea lo que dios quiera, si el amor es con dolor, entonces que nos duela”.

(Que no duela no).

Cuatro a la derecha. Tres. Giro. Y con el giro, un salto. Aunque en verdad no importa si alguien hace tres y no salta o no gira. No importa nada, por cierto.

Solo son un montón de mujeres que no se conocen y bailan juntas. O algunas sí se conocen. O se conocieron bailando. Y se hicieron hermanas. Otras no. Otras no se conocen pero cuando bailan juntas, igual sonríen, igual cantan, igual se dicen que hay que “disfrutar la vida aunque el mundo esté al revés”.

Y hay quienes creen en eso de disfrutar la vida aunque el mundo esté al revés, porque algunas no lo cantan, algunas lo gritan, lo sienten, otras se miran, se dicen que sí, que la vida no es tan mala y que mientras estén bailando, en una ronda y agarradas de la mano, todo va a estar bien.

Es raro. Son raras las cosas que pasan allí abajo, en un salón con una pared verde, mientras un montón de personas bailan. Lo que pasa en mí, al menos, es raro.
***

Hace dos días una amiga del diario me contó que viene Bandana. Sí,´es una afirmación: dentro de unos días viene Bandana. Porque Bandana volvió, ¿vieron? Yo las vi cuando cantaron, a principios del año pasado. Yo las vi volver, digamos. Estuvieron en el programa de Tinelli y en el de Susana. Yo las vi en Susana. En verdad, busqué el programa en Internet exclusivamente para verlas a ellas. Y Susana me parece simpática.

Cuando Belén me dijo que habíamos cambiado los planes del cumpleaños de Roli para ir juntas a bailar con Bandana, casi lloro de la emoción. Es literal. Casi lloro. Roli cumple 25 (perdón, Rolex), yo también voy a cumplir 25 en unos meses. Roli es mi amiga de facultad y y a esta altura, de la vida más vida. Belén es amiga del diario.

Bandana volvió (sin Ivonne y ahora sin Virginia) después de 12 años. Susana las presenta emocionada, dice Ban -da-na y el estudio se llena de gritos. No creo que griten porque alguien les levanta un cartel que dice “GRITOS” (cuando éramos chiquitos y mi abuela nos llevó a Cacho Bochinche, lo hacían, no gritábamos de emoción, gritábamos porque alguien nos había dicho que cuando viéramos ese cartel, teníamos que gritar). Los gritos son genuinos, esta vez. Son gritos millennials. Son gritos de minas y pibes como yo, como Roli, como Belén, que vivieron el sueño idealizado de las cinco chicas que cantan y conquistan el mundo, que las vieron irse, que lloraron porque se iba y que ahora, las ven volver. Y entonces el escenario del estudio de Su se ilumina y allí están ellas: con ropa que parece de principios de los 2000, haciendo la misma coreografía que yo bailaba con mis amigas y que Belén me contó que bailaba en la escuela, con Lourdes y su pelo anaranjado empezando a cantar “cuando todo está al revés en mi cabeza”. La misma canción. La misma ropa. La misma coreografía. Están ellas. Estoy yo. Y ellas me quieren vender, a mí y a todos, la ilusión de que el tiempo no se fue, como siempre se va el tiempo, la ilusión de que todo sigue igual, de que ellas son las de siempre, aunque sepan, ellas y yo, y todos, que siempre nunca es para siempre.

Y que nunca, nunca es nunca.

Y ellas volvieron. Pensamos que nunca iban a volver, pero volvieron. Y yo me emociono porque, aunque voy a ir a verlas con amigas “nuevas”, es decir, con amigas que no son las de la escuela, ellas volvieron, y cumplieron con el “hasta siempre” que alguna vez dijeron en 2004, cuando se fueron.

Por más que se esfuercen por disimularlo, por engañarme, yo sé que ellas no son las mismas. Se les nota, a pesar de la ropa, la coreografía y la canción. Se mueven menos, cantan menos. Pero no importa. Yo les creo, yo elijo creerles que siguen iguales. Aunque ni ellas tengan 20 y pocos, ni yo 9, o 10. Yo les creo.

***

No sé muy bien cómo explicar lo que pasa en esas clases de zumba. Zumba siempre carga con el prejuicio de lo superficial. Pero yo creo que nunca un prejuicio fue tan prejuicio como en este caso. Y no lo digo porque yo ame a Stephi, y me ría con Erika y me goce con Giuli, juro que no. Todo eso es cierto, pero ahí pasa algo más.

Son cuarenta y cinco minutos. A veces una hora. Hay días en los que llego al gimnasio cruzada y me niego, simplemente por orgullo propio, a sonreír. No tengo ganas, las cosas no me salen, la vida es horrible, no quiero ni mover una pierna. Para qué vine. Puta madre. Me quiero ir. Mamá sacame de acá.

Claro que estoy exagerando, pero a veces ando con tantas cosas en la cabeza, que quiero entender todo y no puedo entender nada. Pero justamente de eso se trata. Aunque no quiera, aunque durante las primeras dos canciones quiera salir corriendo y por dentro me esté insultando a mí misma por estar bailando y no estar escribiendo, siempre, y no hay excepciones, termino sonriendo y de buen humor. Aunque me pese, porque a veces me gusta hacerme la ruda y no sonreír, porque es más de escritor intelectual ver el mundo negro que verlo rosado, lo termino haciendo, termino sonriendo. Es una reacción más física que consciente, pero es una sonrisa en fin. Porque entonces, en ese ratito, no necesito entender nada, y no existe ni el diario, ni el libro, ni los textos, ni la obra, ni nada. Solo estoy yo. Y a veces mis hermanas. Y a veces las amigas que hice bailando.

Estoy hablando de mí porque no me animo a hablar de alguien más. Pero sé que a mis hermanas les pasa, sé que a mis amigas les pasa, sé que a cada una de esas personas les pasa. El miércoles, por ejemplo, me pasó: estaba muy cansada, casi sin dormir. Pero estaba allí y si estamos en el baile, dicen, tenemos que bailar. Y le miraba la cara a Federica y a Clarita (mis hermanas), que bailaban al lado, y con eso me alcanzaba, aunque suene a hermana vieja y nostálgica, verlas bien me hace bien. Y también estaba Stephi (y siempre es mejor cuando ella está)

Estoy hablando de mi, decía, porque no me animo a hablar de alguien más. Porque dicen que en definitiva a todos nos pasan las mismas cosas. Y es cierto. Yo no creo que ninguna de las personas que está ahí bailando por cuarenta y cinco minutos piense en los problemas que tiene y en que el mundo es una porquería o en el nene que le pidió una moneda antes de entrar.

Es verdad que a todos nos pasa, en mayor o menor medida, lo mismo: todos nacemos, todos crecemos, todos nos enamoramos, todos sufrimos, todos morimos. Pero a las (y los) que vamos a zumba a ese gimnasio (TuLugar Gym) también nos pasa algo más: mientras estamos bailando, el resto del mundo deja de existir. Somos como niños o como seres humanos en su estado más primitivo y puro: a nadie le importa si un paso no sale bien, a nadie le importa gritar hasta quedarse sin voz, a nadie le importa lo que puedan decir, porque en verdad, no hay mucho para decir. Solamente que “hay que disfrutar la vida aunque el mundo esté al revés”.

Y todos creen eso.

***

Es raro, dije, lo que pasa ahí adentro, por un rato, en una clase de zumba. Es raro en mí. Porque en ese tiempo, yo vuelvo para atrás y soy la misma que antes de ser “grande” o antes de empezar a crecer, cuando creía en eso de disfrutar la vida, en que la vida era hermosa y los sueños se cumplían y “los milagros ocurren cada día si tenemos la fuerza de soñarlos” (chiste interno para gente de mi edad o aproximada) y en un mundo mejor y en todas esas cosas que a veces creen las personas. O que creemos todos cuando somos niños y adolescentes un poco más puros que los adultos medio intoxicados en los que nos convertimos.

Yo sé que el mundo no es como antes, como cuando bailaba bailaba Bandana, Chiquititas y “todo todo todo, es tuyo si querés, con una sonrisa mirá qué fácil es”. Pero en ese rato, elijo creer que sí. Y todos creemos en eso.

Es lo mismo que me pasa ahora, desde que me enteré de que viene Bandana. Yo sé que no son las mismas, que están un poco más desarmadas y que se van a cansar más rápido bailando, porque yo tampoco soy la misma, porque ya tengo 24 y estoy por cumplir 25. Pero no importa. Yo les creo y me emociono. Porque si les creo, entonces, me encuentro conmigo unos años atrás, con un pañuelo en la cabeza bailando “maldita noche quisiera olvidar, maldita noche dónde estarás”. Algo parecido, o lo mismo, salvando las distancias, que me pasa cuando, dos o tres veces a la semana, me hago un ratito para ir bailar.

Stephi, ¿podemos hacer una canción de Bandana en zumba?

S. Gago.

PD: No es broma que vamos a ir a ver a Bandana para festejar los 25 de Roli. Capaz terminamos con alto pedo bailando con Lourdes, pero ¿qué importa? Ellas también crecieron.

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