Ansiedad gana por goleada

Trabajando en las actualizaciones. 30% completado. No apagues el equipo.

Me tranquilizo. Agarro el celular y empiezo a escribir esto para no tirar la computadora por la ventana de un quinto piso.

Escribir, en este momento, es una estrategia bastante absurda, creo yo. De las 24 horas del día, 18 me las paso escribiendo, y las otras seis pensando en cómo escribir o soñando con escribir. Está bien, las cifras pueden variar de acuerdo a los días de la semana, pero las variaciones no alteran el resultado: mi vida, últimamente, se reduce a escribir. Porque, si tengo en cuenta que las alteraciones consisten en hacer escribir a unos señores que piensan que yo sé escribir o en escribir la vida de tres personajes a los que les intento dar vida, entonces el contenido no altera la forma. Y la forma es escribir.

(La repetición del verbo fue intencional, aunque no sé muy bien con qué intención). Por eso es absurdo e idiota que para calmar mi ansiedad yo agarre el teléfono y empiece a tirar palabras. O a escribir. Otra vez el verbo.

La ansiedad me está ganando como 6 o 7 a 0 por estos días. Me resulta difícil concentrarme y no pensar. Me resulta casi imposible no imaginar algún día  (si es de invierno mejor) en el que vaya caminando y vea por ahí, en cualquier lado, un libro que tiene mi nombre. Siempre fantaseo con la idea de encontrarme a mi misma materializada en un par de páginas. A veces incluso hasta me lo imagino: el diseño, las hojas, la tipografía, el olor. A veces también me obligo a bajar, a volver,  a concentrarme. Pero después pienso que todo lo que hago o hice en algún momento nace y nació de alguna fantasía medio romántica. Todo. Las “cosas” que hago o he hecho, han surgido de alguna idea medio inocente y medio soñadora, aunque más soñadora que inocente. Se me viene a la cabeza, lo pienso, le doy vueltas, lo imagino de mil maneras, hasta que un día voy y lo hago.

A veces imagino también que hay alguien llorando y aplaudiendo algunas palabras que escribí y que puse en boca de tres personajes, por jodida que soy nomás, porque es más sencillo y más cobarde que alguien más diga las mierdas que uno lleva adentro. También, la imagen de alguien representando uno de mis textos (metido en uno de mis viajes, digamos), me desvela, me emociona, me hace temblar, me hace soñar. Después el procedimiento de repite: algo, o mi yo racional, me dice que no, que baje, que vuelva. Que no hay libro y no hay texto si no escribo.

Hace unos días me bajé una aplicación para meditar. No es broma. Lo hice. Lo intenté una vez, de hecho. Me senté en el living de mi casa, sola, me puse los auriculares y el volumen bien alto, cosa de no escuchar a nada ni a nadie más que la voz de un gallego que me decía que si hacía las cosas bien, en una semana iba a notar que mi vida y mi forma de pararme ante ella, estaba distinta. Me prometía, el gallego, que iba a vivir más en el presente, más feliz, más sin pensar, más sin ansiedad. Y eso era lo que yo necesitaba. Lo que necesito, digamos: que la ansiedad no me siga ganando por goleada.

Volvamos a la meditación. El audio duraba 13 minutos y yo sabía que ese era el tiempo. Veía un reloj que avanzaba conforme el gallego me hablaba al oído y me hacía respirar. Me decía que mantuviera los ojos cerrados, pero yo necesitaba abrirlos para ver cuánto faltaba, cuánto se había movido el reloj. Me decía que dejara a mi mente libre, que me concentrara en mi respiración y que si algún pensamiento me interrumpía, solo lo observara y lo dejara ir. Pero yo no podía dejarlo ir: ¿cómo iba a dejar a ir una idea para el final de una historia que estoy escribiendo? ¿cómo iba a dejar que se me fuera el título maravilloso para la nota en la que estoy trabajando, si yo soy malísima para titular? ¿cómo no permitirme cantar el estribillo de una canción de la que ni siquiera sé el nombre? ¿cómo no pensar en cuántas horas me quedaban para escribir o cuántas para dormir, o en bañarme antes de comer o en comer antes de bañarme?

A los 8 minutos abrí definitivamente los ojos y frené al gallego. No pude. Ansiedad, 8, yo, 0.  Me quedé sentada en el sillón y deseé que fuese, no sé, diciembre, para así poder mirar para atrás y ver qué pude hacer con todo este lío. Ver si lo logré o si morí en el intento. Después fue peor. Después deseé con todo mi corazón tener 45 o 52 años para poder mirar para atrás y ver qué carajos hice de mi vida. Y eso que yo no quiero que pase el tiempo y me asusta decir que estoy escribiendo esto en abril del 2018, a los 24 años, siendo casi un adulto responsable. O bueno, casi un adulto, a secas.

Hoy, ahora, me doy cuenta de que nunca volví al gallego, que está ahí en el celular por las dudas, como si fuese una suerte de carta que puedo utilizar en algún momento de ansiedad extrema, cuando no me queden casi uñas o me sangren los dedos. Me doy cuenta, también, de que mi computadora se prendió y se actualizó. De que son las 23.20 y yo tengo que sentarme a escribir. Y mañana levantarme temprano para encarar una preciosa nota (no fue ironía). A escribir en serio, digamos, no para sacarme la ansiedad aunque sé que no lo logre. O a escribir, nomás, también a secas,  que es lo único que puedo hacer medianamente bien. Con o sin la ansiedad pisándome los talones (no me salió una metáfora futbolera).

S. Gago

Pd. Buenas noches.

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