La lluvia que no llueve

No busquen destinatarios para estas palabras. Ninguna de las personas que lea esto es el destinatario real. Pero, si alguien está leyéndome, ahora, sepa que este es un texto por encargo, y nada de lo que leerá a continuación tiene una explicación o respuesta posible. No pregunte, no busque entender, no piense para quién o para qué escribí esto. Lo escribí por encargo y nada más.
Los destinatarios reales de estas palabras nunca las van a leer. Como mucho, las escucharán el lunes en la mañana, mientras se las lea con voz de dormida y les diga, después de este y otros textos, que es su turno, que tenemos 30 minutos para escribir, que después, los que se animan, pueden leer.
Ellos me dijeron que querían escribir sobre el miedo. Yo les dije que me parecía un poco extremo, que por qué no escribíamos sobre el recuerdo más lindo que se les viniera a la cabeza empezando ya.
(Silencio).
Pero ellos insistieron. Fueron dos los que lo hicieron, pero los demás estaban de acuerdo. Ok. Escribamos sobre el miedo, entonces. Pongamos en unas líneas, los primeros miedos que aparezcan, empezando ya:

Le tengo miedo a la lluvia que no llueve, a la que amenaza y nunca llega. Al cielo con tormenta pero sin ruido. Le tengo miedo al olvido y a la soledad. Aunque más que a la soledad, a la ausencia. Al olvido no, mejor al olvido no le tengo miedo. Le tengo miedo, eso sí, a perder a las personas que amo. A que se vayan, a que desaparezcan, a que las pase por encima un ómnibus o les de un ataque al corazón. Le tengo miedo a ofenderlas, a que se sientan tristes por mi culpa. Más que miedo, saber que alguien está enojado conmigo, me estruja el corazón. No es que quiera caerle bien al mundo, es que si quiero, quiero que me quieran, necesito que me quieran. Le tengo miedo a que no me quieran.

Yo escribo para que me quieran.

Cuando era niña y los fines de semana mis viejos dormían la siesta, yo me quedaba jugando en el cuarto. Siempre me inventaba historias trágicas y con canciones, me disfrazaba, me peinaba. En algún momento de mi tragedia interna transformada en juego solitario (todavía no era la hermana mayor de nadie), iba al cuarto de mis padres, me paraba en la puerta, y los miraba. Necesitaba que se movieran, necesitaba ver que la panza subía y bajaba. Y no me iba hasta lograr percibir alguna señal de vida. Si no lo lograba, incluso, me movía yo, tosía, hablaba, pegaba a la puerta, todo con tal de que mis padres al menos abrieran un ojo. Tenía miedo de que les pasara algo mientras yo jugaba disfrazada a ser alguien más. Después, segura de que mis padres respiraban, me quedaba tranquila y seguía jugando.

Mejor sí, mejor le tengo miedo al olvido, acabo de decidirlo.
Yo a veces te espero. Creo que el olvido es casi una utopía. Me siento, tomo un vino, espero a que vuelvas. No volvés. Tomo otro vino. Me desespero. Me pierdo. Escribo. Quisiera tener más rock, más imagen de escritor que fuma y toma y se rompe mientras escribe y se intoxica para desintoxicarse. Yo siempre estoy mejor cuando me pierdo porque es cuando puedo escribir, pero soy solo eso, un alma perdida lejos del rock. Si estoy bien y centrada, las palabras se me trancan, escribo cuestiones casi de autoayuda y palabras hermosas y vidas hermosas y versos hermosos y, vamos… ¿quién quiere leer esas putas palabras hermosas? Yo no quiero leer historias felices. Yo quiero leer historias desgraciadas, quiero leer y decir, “mierda, esto es lo que me pasa”.
Hace poco leí una entrevista a una actriz argentina, que decía, cito textual:
“-¿Sos una persona conciliadora?
-¡Sí! Odio el conflicto, no me gusta nada. Me lo debería bancar un poco más porque no puede estar todo bien siempre, pero sí. Me pone muy mal que alguien esté enojado conmigo. No, no lo soporto”.
Yo tampoco lo soporto. A la indiferencia tampoco y al silencio, a veces, solo cuando es un silencio que duele, tampoco lo soporto. Siempre me hace llorar saber que te quiero y que estás enojado /a. Yo no quiero hacerte mal, nunca. Y no es de bondadosa, ni especial, ni mucho menos. Es que en verdad necesito que me sigas abrazando y que me sigas preguntando cómo me fue y cómo estoy y que sigamos siendo como éramos. Te necesito, siempre te necesito. Perdón.

Tengo miedo a ofender a mis hermanos, a todos, a hacerles mal. A no estar como tengo que estar, a que les pase algo, a que se sientan tristes, a no ser la hermana que merecen. Tengo miedo a fallarles, a lastimarlos sin querer.
Clari, todo ese párrafo fue para vos. Y el que viene también es para vos.
Tengo miedo a que un día te sientas sola, a que me mires y yo me haya perdido, a no saber cómo cuidarte, a que crezcas más que yo. Me río mientras escribo esto. Me río porque hace rato que yo me miro en vos y quiero seguirte y quiero tener tu corazón. No sé si vos te mirás en mí, no sé si te conviene. Otro día podemos hablar sobre qué querés hacer y qué es lo que estás haciendo, podemos hablar sobre qué es ser felices. Mientras, si llegas a leer esto que escribo por encargo de los señores a los que les doy el taller de escritura: no dejes que nunca nadie te diga que no podes hacer lo que quieras. Vos podes sí, siempre vas a poder. No dejes que nunca nadie te asuste ni que te diga que no es por ahí. Vos andá por donde quieras ir, que siempre va a estar bien. Y si no está tan bien, no importa.

Le tengo miedo a las puertas que se golpean, a los árboles muy altos y a los pájaros.
Le tengo miedo a la indiferencia y al silencio, a veces, solo cuando es un silencio que duele, también le tengo miedo.
Le tengo miedo al viento fuerte, al que entra hasta por los oídos y se clava en los huesos. Al frío no, al frio no le tengo miedo. Al contrario, me gusta el frío que se instala en el cuerpo, me gusta la sensación de tocar algo tibio con las manos frías, de saludar a alguien con la cara caliente, de meterme en la cama temblando y sentir que las sábanas me agujerean la piel.
Le tengo miedo a los abrazos porque sí, aunque en verdad no les tenga miedo pero es lo que me gusta decir. Le tengo miedo al exceso de amor. Los excesos nunca son buenos. Tengo miedo a fracasar muchas veces y a que duela mucho más y cada día más. Tengo miedo cuando todo está bien y no pasa nada. La nada siempre es peor que el todo y siempre duele más que todos los males del todo.

Hoy, mientras almorzábamos le conté a mi familia, medio indignada y medio riéndome, que una amiga que había estudiado lo mismo que yo y a quien nunca le importó mucho la carrera ni la profesión, entró a trabajar en la parte de comunicación de una empresa y gana cuarenta mil pesos por mes. $40.000. Lo pongo con números porque los 0 siempre impactan más. Mi hermano, en broma, me dice: “¿Y vos qué estás haciendo?”. “No sé” y me reí. Después les dije, muy seria: “No. Yo no me vendería por plata”.
Le tengo miedo a traicionarme a mí misma. A marearme. A perderme y que la escritura no sea suficiente para salvarme. Le tengo miedo a dejar de escribir lo que hay que escribir. Lo que tengo que escribir. Tengo miedo a dejar de escribir y a que escribir mucho sea demasiada escritura.

Antes tenía miedo de perderte. Ahora acabo de decidir, mientras escribo esto por encargo, que sí: le tengo miedo al olvido.
Yo no olvido. Yo te espero.
Vos no me olvides, que me desespero, no lo puedo evitar.
Si me ves algún día perdida es porque estoy buscándote.

Después de buscarte y perderme, voy a escribir que le tengo miedo a la lluvia que no llueve. A la que amenaza y nunca llega. Es tan cruel como buscarte sabiendo que me olvidaste. Pero quizás algún día me pase, como ahora, que escribo esto por encargo, que la lluvia empiece a llover. Y me moje y llegue a mi ventana y con la lluvia, vuelvas vos.

S. Gago.

Pd. Nada de lo escrito es verdad.

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. NERYS dice:

    Super bueno , SOLE, genial , tu forma de escribir , tan tuya , felicitaciones

    Me gusta

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