Pseudoadultos (nosotros)

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Hoy terminé preguntándole a alguien si estaba bien auto definirme como un pseudoadulto, es decir, un falso adulto, un casi adulto. Si vamos al caso, tengo 24 años. En setiembre cumplo 25, pero la crisis de los 25 es otra historia.

Otro texto.

***

En la vereda de la Intendencia un chico está cantando “miro caer las gotas de lluvia en mi ventana sé que todo será igual no cambiará mañana”. Yo miro por mí ventana y lo veo. No llego a distinguir su edad pero seguro tiene entre 20 y 30 (un poco más, un poco menos). Está con cinco personas más: cuatro chicas y otro chico. Me quedo viéndolo. Intento escucharlo. “Porque me quedo muda prendida en tu mirada, porque todo es lejano porque sin ti ya no hay más nada”.

Termina la canción. Cierro la cortina. Miro a la mesa de mi living: cuatro libros en una columna, dos libretas, tres lapiceras, la computadora y el cargador. Me lavo los dientes. Me siento a escribir.

Estoy escribiendo un libro.

Es la primera vez que lo digo, o que me animo a decirlo, por eso dejo que la oración anterior sea un enunciado completo, porque cuando enunciamos, las cosas existen. Antes, o sea, hasta hoy, se lo había contado a mi familia y a mis amigos más íntimos con cierto pudor, con cierto miedo, con cierto temor a decirlo y que se arruine. Hoy, recién, lo escribí. Y entonces existió. Y no, no se va a arruinar.

En la mitad de mi texto, de un texto para el libro, digamos, se me vino a la cabeza Floricienta y el chico que la cantaba hasta hace dos minutos. Es increíble todo lo que se puede ver desde una ventana alta si se presta atención. Si algún día escribo otro libro, lo voy a escribir desde mi ventana. Es más, se va a llamar “Historias del ventanal” (no soy buena titulando, nunca lo fui). Floricienta, decía, y el chico, se me vinieron a la cabeza, y me puse a escuchar “porque no existen hadas ni príncipes ni sueños, porque todo es mentira porque sin ti ya no hay más vida”, como buscando alguna señal, algún mensaje, un poco de inspiración, un título, algo. Y no encontré nada. Y como no encontré nada, me puse a escribir esto que no debería estar escribiendo pero que escribo para nombrarme, para decirme, y, por ende, para ser.

***

Ahora tengo 24 y eso lo que nos convoca. ¿Qué es tener 24?, ¿cómo se hace para tener 24?, ¿cómo se vive con 24? A veces, cuando hablo de esto con personas “grandes”, adultas completas, se ríen. A decir verdad, las personas grandes siempre se ríen de estas cuestiones (pseudo) existenciales. No es una risa de burla, es más bien una risa compasiva, casi de madre o padre, casi como diciendo “sos chiquita todavía, no te preocupes”. (Como si no entendieran que terminar la facultad implica tener que buscar un nuevo objetivo, un nuevo rumbo, por ende: crisis de adultez).

Y es que, a los 20 y pocos, estamos como a mitad de camino. Ni adolescentes rebeldes, ni adultos responsables. Ni muy muy ni tan tan, como dicen. Estamos en el momento en el que ya no bancamos una resaca como la de los 17,  pero cada tanto queremos salir y emborracharnos y lo hacemos con fernet, para que al otro día todo esté bien. En el que empezamos a decir, en una conversación con amigos,  “se acuerdan cuando” y nos damos cuenta de que Bariloche ya pasó hace como nueve años.  En el que hablamos más del lo difícil del mundo laboral que de los exámenes de facultad, en el que evaluamos la relación calidad precio y siempre optamos por el precio. Estamos en el momento en el que “empezamos” a ser alguien y los de alrededor empiezan a depositar expectativas sobre nosotros. (Eso si tenemos en cuenta que en este mundo de mierda empezamos a ser con un título, o un buen trabajo, o algo similar. ¿O acaso no decimos, todos, “yo soy periodista”, “yo soy doctor”, “yo soy escribano”, “yo soy actor”?)

Ahora, hay una cosa que no tienen en cuenta: los 24 de hoy no son los mismos que los 24 de hace, no sé, 30, 40, 50 años. Ahí a los 24 ya eran adultos, hechos y derechos (seguramente alguien lea esto y diga que no, que él / ella, no era así, no está bien generalizar, lo sé), con la vida encaminada, resuelta, (si es que en algún momento la vida llega a resolverse), armada, incluso casados con hijos y casa y perro y capaz algún gato.

Pero nosotros, o sea, yo y los de mi edad, a los 24 no somos adultos. O yo no lo soy, al menos. O puede que no quiera serlo. Lo cierto es que a los 24 todavía no puedo sola con mi vida, en todos los sentidos posibles. A veces creo que es por acá, que estoy yendo hacia donde quiero, que todo está bien, que sí, Gago, dale que vas por buen camino. Otras veces me aturdo, me canso, me agobio y no entiendo nada.

***

El año pasado, en medio de una crisis (pseudo) existencial y (pseudo) narcisa, me propuse buscar algo para hacer este año (ahora) que sí o sí implicara dar algo de mí para ayudar a alguien más. Un día, mientras hacía una nota y charlaba con unos viejitos, me di cuenta de que ellos estaban contentos de que yo los estuviese escuchando; ese mismo día charlé por dos horas con otra señora, hablamos de su vida, de su pasado, de su juventud, de su esposo que ya no estaba, de que a veces se siente sola, de que “a esta edad, querida, todo es más difícil, los nietos están con sus cosas y los hijos también, una no los puede obligar a que estén siempre”. Ese día, me enteré de que en Uruguay hay una universidad de educación no formal para adultos mayores. Mandé un mail y les dije que yo quería dar un taller para ellos. Después de que lo mandé me pregunté de qué podía dar un taller yo.

***

En una semana salgo de licencia. Estoy ansiosa. Cansada. Con la mente agotada. Con las ideas secas. Con las palabras cortadas. Con las uñas comidas. Con las ojeras como bolsas. Estoy con sueño. Duermo poco. Muevo las piernas y los pies. No puedo estar quieta. Escribo. Borro. Y vuelvo a escribir.

Es raro. Porque también estoy contenta. No sé si feliz, porque uno nunca puede estar feliz del todo a mitad de camino, o mejor dicho, cuando recién empieza el camino. (Ya sé, Maestro, el camino es la recompensa). Pero sí estoy contenta, como si supiera que estoy haciendo lo que siempre quise hacer, como dando todo para que todo salga bien, o al menos, para que todo salga como quiero.

A veces, me siento un adulto haciendo las cosas medianamente bien. A veces.

Hace dos años, también, empecé a escribir una obra de teatro (este texto está lleno de confesiones, dios). Este año me propuse terminarla, sea como sea. Es la historia de Julia, Amanda y Juana. Aunque, claro está, yo no sé escribir ficción. O no puedo.

Un día, el año pasado, me llegó un mail de Uni 3, la universidad de los viejitos (por fa, digo viejitos con todo el amor que tengo). Que sí, que se querían reunir conmigo, que mandara una propuesta. Y entonces mandé: un taller de escritura. Después, una vez más, me pregunté qué podía llegar a escribir con ellos si a veces ni siquiera yo sé qué escribir conmigo, ni cómo escribirme.

El 5 de marzo vamos a escribir juntos por primera vez.

***

Y acá estoy. Pseudoadulto, casi adulto, falso adulto. Inspirándome con un pibe a quien no conozco y miro desde la ventana y escucho cómo canta Floricienta. Con diez mil proyectos y cosas en la cabeza y sin saber por dónde empezar. Buscando sanar mi crisis con un taller de escritura, intentando sentirme menos yoista. Intentando recuperar un poco de la adolescente que bailaba y soñaba con ser periodista para cambiar el mundo (incluso ayer me puse una remera que dice “you change the world” (?)), como si no quisiera soltarla del todo, a esa otra piba, a la que creía en ella. Tranquila, a veces. Asustada, otras.  Agobiada porque no sé cómo sigue todo esto. Nerviosa porque nunca hay tiempo (el tiempo nunca alcanza, nunca). Ansiando mi descanso. Incapaz de poder bancarme la vida sola, necesitando siempre de alguien más. Es mentira que puedo sola. Todavía no soy una adulta completa. No. De hecho, hoy le escribí a alguien lo siguiente, literal: “Te lo cuento ahora porque pensé que iba a poder con esto sola y no puedo”.  De hecho, hace dos meses que Fede, mi hermana (más chica pero claramente más adulta, te amo, Fefi) no está en Montevideo y soy caótica. Con Joaquín, mi otro hermano, estamos viviendo porque la vida, a veces, es generosa.

***

Capaz esa sea nuestra definición. Pseudoadultos: seres humanos que están por cumplir un cuarto de siglo. A veces son seguros y confían en sí mismos. Otras, necesitan que usted los abrace y les diga que todo estará bien.

Hágalo, cada tanto. Abrácelo, por más que diga que no, hágalo aunque el pseudoadulto se resista (casi siempre le hace bien). Dígale, también,  que la vida es así, que no se preocupe, que todo pasa. No le mienta, tampoco, no lo ilusione porque la desilusión siempre duele más que la no esperanza. No le hable de esperanzas y de cómo es el futuro, no le hable de cómo es ser usted, adulto responsable. Dígale que pruebe, que se equivoque, que está bien equivocarse, incluso teniendo 24, que siempre hay tiempo de volver a empezar.  Que está bien dudar, siempre. Cuéntele, de una vez por todas, si la vida en algún momento es calma. Dígale que no se conforme, que busque más. Cuéntele que usted también estuvo agobiado en algún momento de su pseudoadultez. Dígale que hagas cosas nuevas, que se arriesgue. Que se vaya cuando quiera, que siempre puede volver, que usted siempre va a estar (ya lo sabe, pero por las dudas, repítaselo cada tanto). Explíquele que siempre, en el mundo adulto, habrá quienes lo quieran y quienes no. Dígale que sea fuerte. Y pídale, por favor, que siempre se acuerde de todo lo que fue y lo que hizo y lo que peleó para lograr lo que se propuso. Claro, dígale que pelee sí, que siempre pelee.

S.Gago.

PD: Y alguien alguna vez me dijo que yo era demasiado independiente… (no, viejo, no tolero que me agobies, eso es todo).

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