Veo a un hombre muerto

Veo a un hombre muerto. No es una broma. Estoy barriendo mi cuarto de mi casa nueva, de mi casa desde la que veo a la Intendencia de Montevideo y en este momento, en la explanada, con la Feria del Libro como escenario, un hombre está tirado y muerto. Está muerto.

Me quedo mirándolo con la escoba en la mano. Me quedo estática y dura. Me quedo con los ojos clavados en ese hombre que acaba de morir y en sus piernas que caen sin peso y con los pies abiertos como los de una bailarina o un pingüino sobre los tres escalones de la Intendencia. Por un segundo miro alrededor. Nadie más lo mira y hay mucha gente. Me resulta extraño que nadie lo mire si a nosotros nos fascina ver gente muerta y rodearlos como en un intento de revivirlo o de hacerle sentir que si murió en la calle, o en la explanada de la Intendencia, no está solo, no se fue solo, se murió con un montón de personas que lo miran y lo acompañan sin saber qué decir o qué hacer; porque, seamos sinceros, a todos les gusta, (no me incluyo, a mí no me gusta, me pone mal – o eso creía- ) mirar a una persona que yace inmóvil sobre tres escalones, pero nadie hace nada, lo miran y eso es todo. Quizás la intención es acompañarlo… no debe ser fácil morir solo.

Me arrodillo en mi cama para poder mirarlo mejor y no acalambrarme. Las personas siguen sin percatarse. Somos él y yo. Él muerto y yo que lo miro. En determinado momento me acuerdo de algo que yo creía que había reprimido: no es la primera vez que alguien se muere ante mis ojos. Y esto tampoco es broma.

Yo tenía 11 o 12 años y era Halloween. Con una amiga habíamos salido a pedir caramelos por Nueva Helvecia disfrazas de brujas improvisadas. Que era Halloween y estábamos vestidas de brujas, tampoco es una broma, lo juro. Con las bolsas bastante vacías – convengamos que ya éramos un poco pelotudas para golpear puertas – se nos ocurrió entrar a una galería que hay en el centro de la ciudad, en verdad, es la única de la ciudad. Entramos y como si fuese un drama mal contado, una mujer gorda y que tenía unos championes azules desteñidos y con dos líneas rojas a los costados, se cayó como se caen las cosas que pareciera que nunca van a terminar de caer. Se cayó y se dio la nuca sobre el piso de baldosas marrones y su caída o su nuca contra las baldosas hicieron un ruido tan profundo y tan vacío, que no lo pude, no lo puedo, compara con ningún otro. Cuando la vi, se me detuvo el corazón, los músculos se me volvieron tensos y temblorosos, mi cuerpo quería moverse pero no podía, contenía la respiración; era la misma sensación de estar solo de noche y escuchar un ruido, la misma. Pero todavía no estaba muerta. O si lo estaba, pero yo todavía no lo sabía; las personas mueren solo cuando nos enteramos de que está muerta.

Vinieron tres médicos, la policía, las personas de Nueva Helvecia que caminaban por ahí. En dos minutos o en dos horas, – porque creo que también perdí la noción del tiempo – el cuerpo de la señora estaba rodeado, completamente rodeado. Yo me quería ir pero a mi amiga le divertía ver la situación y yo no me animaba a irme sola, aunque estuviera a cinco cuadras de mi casa. No era por la distancia, era por la muerta que efectivamente acababa de morir porque la taparon con una tela blanca. Juro que lo de la tela blanca tampoco es broma, incluso mi amiga se debe acordar de más detalles que yo. Lo que importa es que recién cuando la taparon, para mí esa mujer había muerto y se había muerto ante mis ojos y mis oídos. Yo había visto morir a una persona.

Cuando llegué a mi casa, mis padres no estaban. Estaban sí, mis abuelos de Melo que habían ido a pasar unos días con nosotros. Entré y me puse a llorar. Le dije a mi abuela lo que me había pasado, “vi a una mujer muerta”, le dije, y ella me creyó. Estaba bien que me creyera, porque hacía dos minutos o dos horas, una mujer gorda y con zapatos azules desgastados y líneas rojas a los costados se había desplomado ante mi presencia, mi pequeña presencia.

Hice fiebre durante cuatro días seguidos sin motivo aparente. Llamaron al médico que me revisó de pies a cabeza, y que, al principio no me creyó cuando me preguntó si yo estaba triste o mal por algo. “Sí”, le dije, “estoy asustada”, pero él no me creyó. “Vi a una mujer muerta”, pero no me creía. “Algo que te haya pasado en la escuela o con tus papás o tus hermanos”. No. Yo insistía: “Vi a una mujer muerta”. Al final me creyó cuando le conté detalladamente cuándo y dónde la había visto, cómo se había caído y qué championes tenía. Esto de los championes tampoco es broma, era lo único que yo veía de la mujer después de que se cayó; en realidad, creo, era lo único que yo me animaba a mirar.

El médico le dijo a mis padres y a mis abuelos que no era nada, que solo había quedado muy afectada por la muerte de la mujer y que la fiebre era un mecanismo del cuerpo para defenderme. Hasta el día de hoy, cuando estoy muy triste o muy nerviosa o muy estresada, hago fiebre, me enfermo o me duele la espalda.

Ahora miro al hombre que está caído en la explanada de la Intendencia de Montevideo. Lo miro sin hacer nada, sin que nadie más haga nada. Lo miro sin querer salir corriendo. Lo miro deseando que ese hombre haya muerto. O en verdad no. Deseo, eso sí, que se haya muerto por unos minutos, que pase un médico vestido de civil y no de médico, que se dé cuenta de que ese hombre acaba de morir o está en proceso, yendo a la muerte, haga algo, grite, pida ayuda, y el muerto que no estaba muerto, reviva. Lo deseo con todas mis fuerzas. Deseo encontrar una historia interesante para contar. Necesito contar una historia que no encuentro y la de un muerto que revive mientras yo barro mi cuarto de mi casa nueva, es la más mía de las historias posibles. Pero, no se confunda, no es que me guste el morbo alrededor del muerto, es que ese muerto, ahora y desde hace unos minutos, está muerto solo para mí.

Necesito de su historia. Necesito escribir algo y escribir sobre mí ya no me divierte. No es que no me divierta, en verdad, es que no me animo, en este momento, a abrirme y a romperme en el texto; es como si me diera miedo mirar hacia adentro y sacar, que en definitiva, es lo que hago, lo que intento hacer, cuando escribo. Pero ahora no, hoy no, hoy no quiero y desde hace un tiempo no quiero. Pero lo necesito. Necesito escribir. Necesito entonces, encontrar una buena historia que contar, porque crearlas no me sale. Necesito contar la historia de un hombre que murió y revivió delante de mis ojos.

Cuánto nos seca el tiempo, la vida, la construcción que hacemos de nuestra persona; porque no nacemos siendo personas, nos hacemos personas. Y yo hace 12 años era una persona que hacía fiebre por el estrés y la angustia que me había generado que una señora se haya muerto ante mis ojos. Hoy, con 24 – es la primera vez que escribo que tengo 24- miro a un hombre que para mí está muerto solo para desahogarme con su historia, solo porque yo no me puedo entregar a un texto sobre mi historia.

Alejandro Seselovsky dice que escribir es una mierda. “Antes que nada un texto es un problema y escribir se trata de las horas culo que lleva solucionarlo. Escribir se trata de torcerle la muñeca a  la adversidad del lenguaje, que huye. Y se niega”. A mí no se me negó el lenguaje, se me negó la historia de la muerte solitaria de un hombre que murió por unos minutos y volvió a despertar. Si me pongo más profunda podría decir que sí, que el lenguaje se me niega porque una historia existe en la medida que alguien la cuente, la diga, porque el lenguaje construye la realidad de cada uno, pero dejemos estas cuestiones para otro día. En verdad no se me niegan las historias, a mí me está costando encontrarlas. Ahora, por ejemplo, pensé que me había encontrado con una historia casi épica y en realidad me encontré con un hombre que se acostó a tomar sol en la explanada de la Intendencia. Porque hace unos minutos, en la mitad de este texto, miré por la ventana y sus piernas ya no yacían estiradas con los pies como pingüino. Ahora, hace un segundo, fui otra vez hacia la ventana. El hombre muerto ya no está.

S. Gago.

PD: La muerte de la mujer hace 12 años fue real. La fiebre también. Ahora, siempre supe que este hombre no estaba muerto.

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