9 días los 7

Estamos a 140 kilómetros de Bolivia. O a 2.000 kilómetros de casa. Vamos desde Tilcara a Humahuaca, dos pueblos que quedan en Jujuy, Argentina. Desde mi asiento, en la camioneta, si miro hacia adelante los veo a ellos, o sus cabezas, que es lo mismo, la parte por el todo, digamos. Adelante, papá maneja, Facundo con el mate va al lado. Fila dos: mamá intenta leer un cartel, Federica al lado, con otro mate (para siete personas un termo solo no es suficiente). Fila tres: Clarita escucha música, Joaquín mira por la ventana. Fila cuatro: yo, que escribo.
Llegamos a Humahuaca, pero este es casi el final del viaje.

***
Estuvimos siete días los siete. Todavía nos quedan dos, que van a ser arriba de la camioneta.
Un día quise escribir sobre Tilcara, un pueblito en el medio de las montañas que es Patrimonio Histórico de la Humanidad y que con sus calles angostas y de tierra y con sus casas de piedra y sus artesanos y ferias, pareciera pedir a gritos ser escrito, ser dicho. Otro día quise escribir sobre Salinas Grandes, un salar de más de 200 kilómetros cuadrados que se formó por la actividad volcánica y está lleno de piletas de 4 por 2 metros y un metro y medio de profundidad de agua cristalina, que demoran entre 10 y 12 meses en evaporarse para lograr 3000 kilos de sal por cada una. El mismo día probé unas líneas sobre las vendedoras que estaban con sus artesanías en el salar. Sobre una, en especial, que me vendió una yamita de sal y me quiso regalar otra, que me preguntó de dónde venía y me contó que ella vivía en una comunidad a 12 kilómetros del salar, que tenía las manos ásperas y cascadas por el calor, la sal y el tiempo. Otro día intenté escribir sobre Cafayate, en Salta, también entre las montañas donde, mientras almorzábamos, María, una niña morena y de ojos negros como la noche, me vendió un llavero. Ese día, María sonrió cuando mi vieja le contó que mis hermanas y yo también nos llamábamos María. Creo que no le creyó. Después de la sonrisa, María se fue. También intenté (intento, ahora) escribir sobre las calles polvorientas de Humahuaca, el pueblo más al norte de Argenitna, el que está rodeado por la Cordillera, que desde la ruta se ve tan cercana y tan grande, que si se la mira por un rato, uno tiene la sensación de que aquello es el infinito. En Humahuaca hay olor a tortas fritas y a verduras podridas. Hay, también, una feria que, creo, atraviesa gran parte del pueblo y está montada sobre las vías de un tren que alguna vez lo recorrió. Ropa, juguetes, celulares, frutas, verduras, una carnicería, puestos de tortas fritas y café, hojas de coca, caramelos de coca, té de coca, todo se mezcla en unos pocos puestos desde los que personas morenas y con rasgos indígenas nos llaman para que preguntemos precios, para que entremos, miremos y compremos. Es que, tanto Humahuaca como Tilcara o Pulmamarca (otro pueblo similar de Jujuy) tienen como pilar de su economía al turismo, o al menos eso nos dijo Raúl, un guía que nos llevó a recorrer el salar. Los “humahuaqueños” nos miran a nosotros, turistas impactados por tantos paisajes distintos, nos reconocen, nos seleccionan y “señor, señora, pasen a ver”. Y allá vamos nosotros. También intenté algo de poesía sobre el cerro de los siete colores, que parecía un cuadro en tres dimensiones y al que le sacamos tres millones doscientas fotos, o sobre cómo en cuestión de metros las montañas cambiaban de tonalidad y pasaban del verde al marrón al bordó o al rosado. Probé con describir los cementerios en las alturas de los cerros, todos con los nichos abiertos y coloridos y colocados con una simetría casi perfecta. Intenté escribir sobre los tamales, que me animé a probar y me parecieron la delicia más insulsa del norte, o sobre el Carnavalito que tres botijas cantaban mientras yo comía una ensalada por lo insulso del tamal.
Quise escribir sobre tantas cosas que la mitad se me perdieron en el camino. Es que son tantas montañas, tantas personas, tantos ríos secos, tantas piedras, tantos colores, tantos sabores y olores, tantos caminos que intenté guardar en la retina para escribirlos, que se mezclan los pueblos, las rutas y los cerros y termino por escribir sobre nosotros: sobre nuestros días juntos, sobre la segunda vez en el año en la que estamos diez días juntos, los siete, lejos, muy lejos de todo y todos los demás, esos días en los que no existen el trabajo, ni el estudio, ni los problemas ni la rutina, esos días en los que somos más nosotros que nunca, aunque estemos lejos: a 2.000 kilómetros. Pero ahora, también, ahora que vamos por la ruta de vuelta hacia Santiago del Estero, en donde vamos a pasar la noche, desde la camioneta vemos a una nube que pareciera estar descansando posada en la cima de la montaña. Dicho así parece la imagen que un escritor best seller quiso darle al contexto de su historia de amor en su novela romántica, que sucede en una cabaña de madera marrón muy marrón y crujiente, con una estufa a leña, chocolates, café, vino, un chico alto, morocho y de ojos claros y una chica rubia, pelo largo y rulos. Pero no, esto es real y recién, hace unos minutos, a nuestra izquierda, una nube atravesaba la montaña.

***

Pasó un día y casi 1.000 kilómetros desde que empecé a escribir esto. Las montañas y las nubes quedaron atrás. En realidad, las nubes siguen pero volvieron a estar lejos, inalcanzables. Otra vez en el asiento de atrás, el de más más atrás, con Joaquín preguntándome al oído quién pudiera reír como llora Chavela, miro hacia adelante y los vuelvo a mirar: cambiaron el orden de los asientos. Ahora Joaquín (mi hermano, que no se confunda con Sabina) va de copiloto, y Federica y Clarita intercalaron los lugares. Mamá sigue igual y ahora Facundo está en el lugar de Joaquín. Así fue todo el viaje y así somos siempre nosotros: armando puzzles para que todos estemos bien, para que todos puedan estirar las piernas o ir en el asiento más cómodo (eso de las piernas y la comodidad fue una metafora, claro).
Acá vamos, ahora en silencio, después de reírnos como locos en una estación de servicio que tenía olor a animal muerto. Esta es la peor parte del viaje: volver. Aunque empezamos a volver ayer, o hace un día o hace 1.000 kilómetros, ahora que las montañas desaparecieron y hace frío otra vez, ahora, el regreso se hace evidente. Y la vuelta nunca tiene tanta emoción como la ida. La vuelta es volver a todo de lo que nos alejamos, durante nueve días, los siete.
Pero dejemos la vuelta para el final. De esa forma este texto puede tener un poco de coherencia. Además, nos acaba de pasar algo increíblemente fantástico para cerrar estas líneas y así me aseguro de que, si alguien llegó hasta acá leyéndome, al menos por intriga o por piedad, llegue hasta el punto final.
(No me abandones ahora, dale).

***

Alquilamos una camioneta para poder viajar los siete: mis viejos, Joaquín, Federica, Facundo, Clarita y yo. Más que una camioneta, es casi un ómnibus, pero esta, esta camioneta devenida ómnibus, es la única manera para viajar juntos. Es que ya “estamos grandes” y si no es en un vehículo devenido ómnibus, no entramos. (O no entran. Yo, que soy la más grande y la más bajita, entro casi que en cualquier lado. Incluso ahora, que voy en el asiento de atrás, en el “incómodo”, la vengo pasando bárbaro y hasta podría acostarme si así lo quisiera).
A las personas les parece alucinante que nosotros sigamos viajando juntos y solos. A nosotros nos parece completamente normal y un viaje es uno de los momentos más lindos del año, incluso a veces hacemos una alcancía “comunitaria” para ahorrar juntos.
Así que, alucinante o no, hicimos una lista de reproducción en Spotify que incluía desde Los Auténticos decadentes, Sabina, Charly, Fito, Lucas Sugo, Rita Lee, (leer lo que viene a continuación cantando) “es que este amor es azul como el mar azul” o “es así baile del interior pasito dos y uno al ritmo de la canción”. Cargamos los siete bolsos en el asiento de atrás, (es decir, ahora los llevo al lado) y distribuimos las carteras y mochilas por todos los huecos posibles. Pero también pusimos una bolsa para la basura y “mantegamos el orden, por favor”.
Hasta ahora lo mantuvimos bstante bien, pero para llegar hasta acá, pasaron 3.000 kilometros y ocho días.

***
Primer destino: Salta, la linda, Argentina.

Primera parada: Rafaela, Santa Fe. Teníamos alquilada una casa para pasar la noche. Llegamos de tardecita y un pinta nos entregó la llave. Nos instalamos y a las horas tocan timbre: el hijo de la dueña. “¿Quién les abrió la casa?, preguntó el botija, asustado. Le dijimos que nos abrió un tipo que estaba parado afuera en un auto rojo y medio destartalado, el mismo tipo al que le pagamos la noche. La cara del botija se puso blanca… ¡No!, dijo, con expresión de tragedia.
Al otro día nos levantamos temprano, cargamos la camioneta una vez más y arrancamos. Cambiamos los asientos, pusimos música, mamá, Federica, Clarita y yo cantamos a los gritos que estaban lloviendo estrellas en nuestra habitación, mojan de llantooooo mi corazoooooón. “Está lloviendo estrellas alrededor de mí y me preguntan (y me preguntaaan, coro) qué fue de tiiiiiiii”.
Y no, no pasó nada con el alquiler de la casa, el pinta que nos abrió, el hijo de la dueña y la mar en coche. Solo una confusión.

Segunda parada: San Miguel de Tucumán. Aunque teníamos mal hecha la reserva para pasar la noche en un hotel y estuvimos casi media hora de mal humor y cansados, aunque la ciudad y su plaza y su peatonal y la fachada de sus iglesias era maravillosa, lo mejor de esta noche fue la hora de la cena. Entramos a un lugar que tenía carteles maravillosos con precios igual de maravillosos. A pesar de que fuimos víctimas de una publicidad engañosa y la comida fue un fiasco, estuvomos media cena tentados de risa porque papá le tiró media Sprite encima a Joaquín. Y, por si no ha quedado claro, amamos reirnos de nosotros haciendo estas idioteces. Y, en general, cuando estamos juntos, no lo vamos a negar, nos ponemos un poco idiotas.

Destino: Salta, la linda, Argentina. Después de demorar casi diez horas en hacer 400 kilómetros, parando cada tres metros porque la montaña se hacía más alta o más roja o más verde o más de todos colores, llegamos. Estuvimos dos días conociéndola, durmiendo en un apartamento con olor a humedad, sin mucha agua, con algún animal que sonaba de noche desde algún rincón oculto en el cuarto que compartíamos Fede Clatita y yo, y, perdón la expresión, re cagados de frío.
De Salta a Tilcara. Elegimos tomar la ruta 9 por la montaña en vez de ir por la autopista. Ciento y pico de kilómetros por la montaña. “Si no, ¿dónde está la aventura?” preguntaba papá cada dos kilómetros y siete millones de curvas cerradas que iban armando un camino tan angosto y alto que, en un punto, empzamos a rezar para que no viniera ningún auto de frente. Evidentemente no nos cruzamos con nadie, éramos los únicos (giles) que, aunque mareados de tanto girar, elegimos la aventura.

***

En Tilcara, en el medio de la nada o en el medio del micro universo que formaban las montañas, papá dijo algo que, en definitiva, fue lo que hizo que yo dejara de intentar escribir y escribiera. “Este lugar es ideal para que Marisol se tome un vino y empiece a escribir su libro”. Marisol, por si no quedó claro, soy yo o en verdad, es la horrible conjunción de María y Sol (edad). “No le des ideas que después escribe hasta las tres de la mañana”, respondió Federica. Se rieron, nos reímos, me reí. Pensé todas las noches en escribir esto y no lo hice hasta ayer, hasta hoy. Es que todas las noches me acostaba, leía un libro sobre García Márquez como para pedirle un poco de inspiración para escribir algo sobre las maravillas que había visto durante el día, pero no podía. Me confieso: me daba pereza escribir. En cierto punto eso puede sonar lógico, estoy de licencia, seguir escribiendo sería lo mismo que un bailarín que sale a bailar. “Bailamos todo el día, no nos dan ganas de seguir bailando de noche”, me dijo uno una vez.

***
De Tilcara a Pulmamarca, de vuelta a Tilcara y de ahí a Humahuaca. De Humahuaca a Santiago del Estero y ya eatamos volviendo. De Humahuaca a Santiago del Estero y empiezo a escribir. Es que, aunque sea como un bailarín que sale a bailar, en ese trayecto me senté en el asiento de atrás, me puse los auriculares, me aislé y, cuando las montañas empezaron a desaparecer, cuando comenzamos a volver, miré hacia adelante y los vi a los seis, o vi sus cabezas. La parte por el todo.
Ahora también los veo. Todos cambiaron de asientos menos papá y yo. Ahora mamá va adelante y todos duermen. Ahora Gustavo me dice que alguien le ha dicho que la soledad se esconde tras mis ojos. Y entonces, ahora, recién me doy cuenta. No era Tilcara, ni las montañas, ni las yamas que no vimos, ni el salar, ni las iglesias de Salta, ni los tamales insulsos, ni la música de Pulmamarca, ni el Carnavalito de Humahuaca. Eran ellos. Son ellos. Mi libro, en definitiva, siempre van a ser ellos. Mi familia.

S.Gago.

P.D: No había nada maravilloso por contar, pero si alguien llegó hasta acá, gracias por el viaje.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Vicky Pose dice:

    Me hiciste el viaje a Melo, imaginando que iba por Tilcara y que era una más en la camioneta ómnibus.
    Te quiero Marisol!

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