Maravillosa ironía

El sábado llamé a mi casa, a Nueva Helvecia. Lo hice simplemente porque alguien me pidió que escribiera sobre la maravillosa ironía de llamarme Soledad y ser la hermana mayor de dos pares de mellizos. Esas palabras deberían ser el inicio del texto que viene a continuación, solo porque alguien me pidió que lo fuera, pero este texto es sobre un grito y sobre el viento.

***

Me despierto de golpe, agitada y nerviosa. Escuché un grito. Saqué la mano de abajo del acolchado en un movimiento rápido y seco, agarré el celular y volví a tapar la mano, con miedo. Miré la hora: 1:36. Miré la fecha: 11 de setiembre. Mierda, dije.

Desde un décimo piso, el viento siempre es más viento y parece más fuerte de lo que es en verdad. Pero hoy, es viento y es lluvia. Y el viento y la lluvia golpean a mi persiana, la sacuden como queriendo llevársela, pero ella se agarra con fuerza y no se va. Y suena, como quejándose o como pidiendo ayuda.

El fin de semana estuve en un seminario de crónica urgente, con un periodista argentino que ha escrito textos sobre Fort o sobre Vicky Xipolitakis. Eran las nueve de la mañana del sábado y el tipo – Seselovsky – bailaba mientras nos hablaba, cada tanto, saltaba. Lo mismo hizo el domingo a la misma hora, con lluvia y con frío. Pero, mientras saltaba y bailaba para hablarnos, como para que nosotros no apartáramos los ojos de su cuerpo, que en definitiva, eran sus palabras, nos decía que para él hay que escribirse. Que escribir siempre es escribirse. “Uno escribe siempre con toda su historia y todas circunstancias, por más que esté escribiendo una crónica de un accidente de tránsito”. El tipo, a quien 16 periodistas de El País escuchábamos encantados, a veces le rebatíamos algo y otras veces nos daban ganas de abrazarlo, nos dijo que hay que escribirse, que hay que romperse en el texto, que hay que vomitar palabras que salgan del cuerpo para poder entender, entenderse, leerse. Eso era: escribirse para leerse. Seselovsky dijo, casi como enunciando una verdad absoluta, que la vida y las notas, los textos, digamos, dejan de ser dos cuestiones disociadas para transformarse en una: el texto pasa a ser la vida, algo así. Todo, absolutamente todo, se puede transformar en texto, dijo.

Con el celular en mano y el cuerpo tenso me concentré en identificar si el grito que escuché, me despertó y ahora cada tanto se repite, viene de afuera, de mi edificio, si es de un hombre, de una mujer, de un niño… mierda, ¿quién grita de esa forma a las dos menos veinte de la mañana? El viento, mientras tanto, está por partirme la ventana al medio y cada vez la hace sonar más fuerte. Tanto, que mi hermana, que duerme como tronco al lado, se despierta y me dice, así sin más: ¿Escuchás, Soledad, escuchás el viento? Le digo que sí, que nunca lo había escuchado tan fuerte, que se nos iba a partir el cuarto al medio. Alumbré con el celular y me levanté al baño, con miedo. Caminé rápido, prendí la luz y miré para la bañera, como queriendo comprobar que el grito venía de afuera. Apagué la luz y di cuatro pasos corriendo para  volver a acostarme. Me tapé rápido y me quedé unos minutos sin moverme y con los ojos abiertos. Era como esas noches en las que se escucha un ruido en el medio del silencio y todos los músculos te dicen que pares, que te quedes quieta, que no respires, que te hagas la muerta. Y yo estuve así por unos minutos. La ventana seguía por partirse, el viento no la dejaba tranquila y alguien, en algún lado, cada unos pocos segundos, gritaba algo que yo no llegaba a entender.

***

No sé cómo terminé por contarle a Seselovsky que me llamo Soledad y soy la hermana mayor de dos pares de mellizos. Al tipo le fascinó, incluso me pidió que para el segundo día del seminario escribiera un texto sobre eso. Yo escribí algo así:

“Los dos coreanos están solos. No sé si ellos sienten la soledad, pero ellos, que llegaron en enero, están solos, completamente solos. Era martes y a la noche jugaba Uruguay con Paraguay. Si Uruguay ganaba “matemáticamente” entraba al mundial sin ir al repechaje. Entraba de una, directo, directamente a Rusia. Matemáticamente, digo, porque, seamos sinceros, a los uruguayos, por más que estemos sobrados en las eliminatorias, siempre nos gusta hablar de números, es como si estuviese en nuestro ADN futbolero. Era martes, decía, y a la noche jugaba Uruguay. Media hora antes del partido, yo estaba en la cantina del diario entrevistando a dos coreanos que no me entendían ni la sonrisa cordial sin que una traductora se las explicara. Era martes, decía, y yo hablaba con dos coreanos que no se habían enterado del partido, a los que no les gustaba el asado ni el dulce de leche. Era martes y los coreanos intentaban explicarme que estaban solos en el medio de un país al que no le importaba más que sus once jugadores y el partido que, matemáticamente, lo llevaría al mundial.

Hoy, que escribo esto, es sábado. Estoy sentada en un café rodeada de gente, solo porque el ejercicio de la escritura me parece más romántico si lo hago en un entorno romántico. Antes de venir llamé a mi casa, a Nueva Helvecia. Lo hice solamente porque me pidieron que escribiera sobre la ironía maravillosa de llamarme Soledad y ser la hermana mayor de dos pares de mellizos: Joaquín y Federica, Facundo y Clarita.

Hace un rato, 16 periodistas de la redacción de El País estábamos sentados en semicírculo, en el subsuelo del diario, escuchando cómo otro periodista nos hablaba de periodismo narrativo, de la importancia de la mirada, de la escritura subjetiva siempre, más allá de los esfuerzos de esconderla detrás de la tercera persona. Estábamos ahí mientas en el mundo exterior, el mundo real, digamos, por primera vez en la historia del Uruguay, un vicepresidente renuncia a su cargo.

Raúl Sendic presentó la renuncia completamente solo, sin el apoyo de su propio partido o con algunos “compañeros” de su lista, la 711, que le demostraron su contención. “Fuerza Raúl”, decían. Y, mientras Sendic renunciaba solo, nosotros, periodistas, estábamos hablando sobre periodismo en un subsuelo. Y, como Sendic, solo, los coreanos, solos,  me hablaban de un país que estaba a entera disposición de su selección; yo los escuchaba y pensaba en que esta entrevista, en otro idioma y con una traductora, a media hora de que empezara un partido que por primera vez en la historia nos llevaría directo al mundial, era lo menos patriótico de mi vida. Y como Sendic, que renunció solo, o como los coreanos que están solos, yo ahora escribo esto y me siento sola, aunque esté en un café romántico y rodeado de gente. Es que, quizás, como la esencia de Uruguay es sufrir por su selección, la mía, por mi nombre, por los mellizos y por mis circunstancias, sea la soledad. Después de todo, como la ironía de mi nombre, la ironía de entrevistar a dos coreanos media hora antes del partido de Uruguay o de que 16 periodistas estuvieran hablando de cualquier otra cosa mientras renunciaba el vicepresidente, también es una ironía que yo, que me llamo Soledad, intente escribir este texto en un café”.

Seselovsky se acercaba a cada uno de nosotros, cerraba los ojos, nos escuchaba, nos interrumpía. Cuando yo leía, tuve que llegar a la línea que hablaba sobre – y me cito a mí misma, no por narcisismo, sino por necesidad explicativa- “la ironía maravillosa de llamarme Soledad y ser la hermana mayor de dos pares de mellizos” para que él me frenara y me dijera: ese es principio de tu texto, yo leo esa línea y me matás, me siento a leer tu historia.

***

Nerviosa por el viento y por el grito que ahora se silenció, empiezo a pensar en escribir todo esto. Agarro el celular y empiezo, sin saber del todo si estoy medio dormida, soñando o despierta. En esas circunstancias hago conexiones extrañas: miro la fecha, es 11 de setiembre. Pienso en que un día como hoy, hace 16 años, vi por la televisión la primera gran tragedia de mi vida. Escucho el viento, digo mierda. Abandono el texto que pretendo escribir medio dormida y medio despierta. Pienso en que el mundo está cada vez más jodido y en que nosotros somos los únicos putos culpables. Me enojo por el grito que dejé de escuchar, creo historias en mi cabeza para encontrarle un dueño al grito y al silencio posterior. Creo que mi mente está un poco perversa. “Todo se puede transformar en texto”, nos dijo Seselovsky. Y eso fue lo que intenté con el viento, la lluvia, el grito y el silencio. Pero no, prefiero seguir escribiendo sobre la ironía de mi nombre y no especular historias sobre este mundo cada vez más jodido y estúpido que estamos haciendo. De última, la maravillosa ironía de llamarme Soledad y ser la hermana mayor de dos pares de mellizos, es, según ese periodista, un buen comienzo para mi historia.

S. Gago.

PD: Gracias, Alejandro.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Mariana Moraes dice:

    Excelente tu escritura Soledad, mi hermana menor se llama Ma Soledad por ti, hace mas de 15 años mi mamá me permitio elegir su nombre y decidi ponerle el tuyo, porque aunque tuviera 7 u 8 años sentia un gran aprecio hasia ti mi amiguita del jardín 128. Abrazo grande.

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