Flores para la abuela

Me siento a escribir esto desde mi celular, totalmente consciente de que estoy bajo la influencia de muchas, varias, demasiadas personas. Una vez más escribo después de leer a Sacheri, después de una clase de zumba y después de leer el blog de una chica que se llama Eli y a quien no conozco. Eli y su texto me dejaron completamente susceptible y con ganas de decir cosas solo para ordenarme y para creer que las cosas no pasan porque sí, que pasan porque nosotros hacemos algo para que pasen o que pasan para que nos demos cuenta de otras cosas, que son como un despertador para mirar alrededor, abrir los ojos y ver que hay personas que están ahí porque tienen que estar, porque de otra forma la vida se haría cuesta arriba.

Mañana es el cumpleaños de mi abuela. Antes, en cada cumpleaños, en cada día de la madre y en cada fecha especial, ella recibía un ramo de flores. Mi abuelo, en realidad, le regalaba flores. Mi abuelo, además, pidió que en cada fecha importante, alguien le hiciera llegar a mi abuela un ramo de flores.

Hace un ratito, hablando por teléfono con mi abuela le conté que iba a ir a la residencia en la que viví cuando me vine a Montevideo. Le conté que me habían invitado para que fuera a contarles a las residentes sobre mi trabajo. Le dije que iba a ir pero que en realidad, no sabía muy bien qué contarles. Y ella, con toda su serenidad, me dijo: “Contales sobre las cosas lindas de tus trabajo, contales lo que has logrado con tus escritos. Hablales de la entrevista con tu amiga, con Paloma”.

Hoy estuvimos hablando durante todo el día con mis hermanos y primos. Se nos ocurrió regalarle un ramo de rosas a la abuela. Se nos ocurrió que se lo podemos regalar entre todos (en realidad faltan como cuatro que son demasiado chiquitos como para decidir si regalarle una flor o un auto). Se nos ocurrió que puede ser un regalo especial. Se nos ocurrió escribirle en una tarjeta, que va junto con las 20 rosas, que la amomos, que tenga un feliz cumpleaños. Te amamos, abue. Se nos ocurrió que quizás se va a emocionar, pero que vamos a estar todos juntos. Ella, sus hijos, nosotros, es decir, sus nietos, las rosas y con las rosas, él y con él nosotros y ella y todos.

Esos pies que se ven en la foto no son míos. De tarde una amiga, que es como mi hermana más grande (a falta de mi mellizo), me mandó esa foto. Y con la foto decía “es una señal”. Después me dijo que estaba por secar el piso (dicen que los diarios secan mejor que cualquier otra cosa, teoría con la que no estoy demasiado de acuerdo) y cuando miró el diario era mi entrevista con Paloma Herrera. “No la pises”, le dije, “te lo pido por favor”, le dije. En realidad lo que quería decirle era que no la dejara en el piso porque en poco menos de una hora yo iba a estar ahí y no estaría bueno encontrarme pisando mi trabajo y mucho menos, a Paloma.

Salí del diario pensando en muchas cosas, especialmente en las rosas y en mi abuela y en mi abuelo y en su segundo cumpleaños sin él y en que no sé muy bien cuántos cumple y en que en verdad tampoco quiero saberlo. Salí pensando en si las rosas van a estar bien o si quizás le hacen mal. Salí pensando en que no podía seguir pensando porque mi cabeza y mi corazón y yo somos sensibles y estamos muy sensibles y pensar mucho, a veces, nos hace mal. Salí, digamos, un poquito triste o un poquito como asumo se ponen todas las personas que piensan en otras personas que no ya no están. Salí, decía, y pensando en eso y con las rosas y la tarjeta pronta, me fui al gimnasio con Fede, mi hermana.

A veces me gusta pensar en eso que decía cuando empecé a escribir esto. En eso que hace que las cosas pasen justo cuando tienen que pasar, ni antes ni después. Pienso en si somos nosotros que necesitamos buscarle un sentido a todo lo que nos pasa o si algo, alguien, qué sé yo, hace que las cosas pasen de esa manera y no de otra, porque de esa manera se puede ver y entender algo más, algo que se de otra forma no se haría visible. Como dije al comienzo, también, hoy leí a Eli, una chica que no conozco pero que me dejó pensando y escribió justo lo que yo quería escribir hace unos días y no sabía cómo (o, quizás por mis circunstancias no me animaba a hacerlo). Eli empezaba su texto diciendo que hacía un tiempo había leído por ahí que un periodista le había preguntando a dos viejitos que hacía 65 años que estaban justos cuál era su secreto para mantener el amor. Ellos le dijeron a la o el periodista en cuestión que en la época en la que ellos construyeron su amor, las cosas no se rompían con tanta facilidad. Mientras la leo me acuerdo de Antonio y de Blanca, dos viejitos hermosos a los que entrevisté hace un tiempo para una nota que titulé “Secretos de San Valentín”. Resulta que Antonio y Blanca llevaban 65 años juntos y esa, la respuesta que citaba Eli y que ahora yo cito también, era parte de su respuesta y de su secreto. (Me pregunto quién sos, Eli, pero si me lees algún día, escribime, porque, como decía, no estoy creyendo mucho en las casualidades). Me acuerdo también de que mientras buscaba testimonios para esa nota, pensé en mis abuelos, en su amor y la fortaleza de su amor. Pensé en que si el Tata estuviera acá se hubiese sentido orgulloso de que su nieta escribiera su historia de amor para el diario. Porque de eso el Tata estaba orgulloso, estoy segura, le gustaba contarle a la gente que su nieta era la que escribía tal cosa o tal otra en tal diario.

Eli, en si texto, hablaba de lo efímero de las relaciones de hoy. Quizás por eso yo no me aminé a escribir sobre el tema. Lo cierto es que hace días que vengo pensando en cómo todo se rompe solo porque está condenado a romperse, solo porque no aguantamos nada y aunque nos creamos más libres las diferencias cada vez molestan más. Las relaciones Se rompen, las personas se rompen, el amor se rompe, la amistad se rompe. Y ee rompen, se tiran, como si fuese algo descargable, como si las personas pudieran aparecer y desaparecer de nuestra vida sin dejar rastros o huellas o marcas, como si nos creyéramos tan libres y avanzados que pudiéramos dejar que las personas se vayan así porque si, o porque no estamos dispuestos a pelearla, vaya a saber uno por qué. Pienso en eso, pienso en lo efímero que es todo, en cómo siempre nos excusamos en que no hay tiempo, que no hay tiempo para hablar, que no tiempo para pelear, que no hay tiempo para discutir, que ni siquiera hay tiempo para escuchar o para querer. Pienso en mi pensando que no hay tiempo y pienso en todos corriendo atrás de algo a lo que algunos le llamarán futuro y otros vaya a saber cómo le llaman. Pienso en que quizás ser parte de una generación en la que todo es descartable y en la que todo se rompe ante la primera dificultad  (porque, seamos sinceros, nosotros no estamos para aguantar tantas dificultades) hace que cuando alguien me abraza por más de 20 segundos, sienta que en ese abrazo siempre hay cosas importantes que, un poquito, se sanan. Es que, también hablemos con sinceridad, tampoco tenemos tiempo para abrazarnos por 20 segundos y que sane lo que tenga que sanar. Ojo, yo no abrazo pero no tiene nada que ver con toda esta teoría de lo efímero, es simple inutilidad demostrativa.

Entre tanta teoría sobre el tiempo descartable y lo efímero, me acuerdo de la práctica. Me acuerdo de que hace mucho tiempo pensé en lo eterno del amor de mis abuelos, en que hablé cln Blanca y Antonio, en que justo hoy leí a Eli y ella habló sobre Blanca y Antonio o sobre otra Blaca y otro Antonio, habló sobre lo apurados que vivimos. Me acuerdo de que justo hoy mi amiga se encontró con la entrevista de Paloma y en que me dijo que era una señal. De que justo mañana mi abuela cumple años y en que justo le compramos las rosas que el Tata le hubiese comprado. Me acuerdo de que mi abuela hoy me habló de Paloma. Me acuerdo de lo eterno de mis abuelos, de mi abuela diciéndome que hable de Paloma y me acuerdo de que  esa amiga que se encontró con Paloma justo antes de secar el piso con ella, es una de las pocas personas a las que dejo abrazarme por 20 segundos, o al menos, que sabe cuando abrazarme por 20 segundos es lo que necesito, y ahí, como mis abuelos o como cualquier abrazo, nada es efirmero. Y, creo, todo esto no tiene más sentido que este: Paloma apareció para decirme que las rosas van a estar bien, siempre y cuando vayan acompañadas de un abrazo de 20 segundos. Digamos que las cosas se dieron y se sucedieron así solo para que yo pudiera ver que con las rosas no es suficiente. O al menos, eso es lo que me gusta pensar.

S. Gago.

PD. Claro que a mi abuela sí la abrazo.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Iara Dianela dice:

    adoro tanta sensibilidad y amor

    Me gusta

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